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lunes, 12 de abril de 2010

Un paseo por el sur (parte V)

La ruta en bicicleta es mucho mejor. Paseando, sin dar muchos pedales salvo si el camino se empina, se avanza el doble que andando y si te cansas, puedes dejar de mover las piernas y sigues avanzando. Horatio pensó que bien podría haber hurtado una de esas muchos antes, en Magnolia por ejemplo. La de cansancio que se hubiera ahorrado. Pero lo hecho y vivido, hecho y vivido está y no hay que darle más vueltas. Solamente importaba el ahora, el presente con su máquina a pleno rendimiento. Ya no tendría que parar y entrar en el siguiente pueblo que encontrara sino que podría elegir dónde se paraba. Todo dependía del nombre del lugar, de si le gustaba o no, o si le daba buenas sensaciones o no. Saltville, no, que suena a salado y con la sed que tenía solo el hecho de pensar en sal le ponía de los nervios; Honaker, tampoco porque no y punto. Bueno, si acaso de noche, cuando nadie le viera, para buscar algo de comer y beber; War, ni loco. Dios mio, cómo puede llamarse un pueblo War…!; Gary, no, no, nada, ahí no entró. Le recordó a Gary Cooper, al que siempre tuvo mucha manía, quizá porque su esposa estaba locamente enamorada de él cuando eran novios y Horatio tenía celos; Pocahontas, en el que entró para aprovisionarse. Pensó si el pueblo se llamaría así por la muchacha de la leyenda. Tal vez no, quién sabe. Quizá la zona fuera la que se llamaba así de antes y el cuento popular nombrara a la india porque se producieran allí los hechos. Tampoco es que le importara mucho , era mera curiosidad. De haberle importado, supongo yo que habría preguntado a algún habitante para salir de dudas, pero no lo hizo. Buscó en sus basuras y siguió su camino con su bicicleta. Ahora que sabía dónde conseguir alimento gracias a Harry y que tenía medio de transporte gratis, no necesitaba a nadie, excepto para charlar y escuchar relatos; Oakvale, aquí tampoco, mucho mejor el siguiente, Peterstown, que vio en un cartel; Peterstown, ahí, le gustó el nombre, la ciudad de Peter. Se preguntó si existiría el tal Peter y si sería el dueño de todo aquello. En tal caso, no querría conocerle porque, de existir, seguro que se enojaría al ver a Horatio hurgar en su basura y exigiría algún tipo de canon a cambio. Los señores y dueños de las cosas grandes, mejor tenerlos siempre lejos porque suelen ser prepotentes y engreídos y tienden a pensar que como ya son propietarios de algo bueno también los son de todo cuanto les rodea, incluidas las personas, y es inevitable tener un conflicto con ellos. Esto ya lo sabía bien Horatio, que ya tuvo que sufrir a su jefe durante años, que pensaba que como le pagaba un sueldo, su empleado estaba allí para lo que él le pidiera, algo que Horatio nunca aceptó y le llevó a tener más de un altercado verbal con la dirección. Suerte que la mayoría de las veces, sus compañeros estuvieron a su lado y pudieron hacer fuerza juntos, aunque fuera bajo la amenaza constante de ser tildados de comunistas. La dirección nunca lo hizo, llamarles comunistas digo. De haberlo hecho, Horatio hubiera tenido que salir del estado. Pero bueno, en Petrestown no hablaría con Peter y con eso todo arreglado. También buscaría en las basuras de noche porque tan temible podía ser Peter como cualquiera de sus lacayos, ya que donde hay señores, siempre hay siervos y éstos son peores que sus amos en su afán por agradarlos y con la esperanza de heredar en algún momento el puesto deseado de lugarteniente.
Horatio y su bicicleta entraron por la calle principal de Peterstown. La gente le miraba. Él, tranquilo y contento, se sentó en un banco a descansar un poco, ajeno a todo cuanto estaba a su alrededor. Miró al cielo, respiró aire fresco y sonrió. Lo tenía todo. Un coche se paró delante de él, un coche patrulla. Un agente gordo se bajó, se acercó al hombre. Sacó un papel del bolsillo y preguntó “Horatio Beetle?” El hombre, sorprendido y asustado, respondió afirmativamente. “Queda usted detenido por el asalto a la sucursal bancaria de Oakvale. Tiene derecho a permanecer en silencio, todo lo que diga puede ser utilizado en su contra. Tiene derecho a un abogado…”
La celda era pequeña. Estaba limpia y era luminosa para ser una celda, pero era fría y eso hacía que se estuviera allí dentro peor de lo que se supone. Unos cuantos días fuera de casa y ya acumulaba dos delitos. Qué podría haber pasado? Cómo se relaciona a un hombre en bicicleta con un atraco a un banco rural? El hecho de que la policía de Peterstown tuviera en su poder un papel escrito con recortes de periódicos en el que se podía leer “Soy Horatio Beetle y esta es mi bici… vacíe la caja en mi bolsa” simplificaba mucho las cosas. Al parecer, un sujeto entró en la sucursal, entregó el papel al cajero, vació la caja y se marchó dejando allí la nota. Pero era imposible! Horatio no llegó a entrar en Oakvale salvo de noche, cuando todo estaba cerrado.
_Agente, agente!! Ha habido un error…! Yo soy un ciudadano decente…!
_ Sí, sí, un error… Todos decís lo mismo cuando estáis aquí…
Al no tener abogado_ una temeridad en los Estados Unidos_ y estar, curiosamente, ausentes todos los de oficio, la policía dio por buena la opción de que el supuesto atracador se defendería a sí mismo, por lo que iba siendo informado puntualmente de todos y cada uno de los detalles de la investigación. Horatio pudo saber que usó un revolver que nunca llegó a sacar de su cinturón, que se llevó unos doce mil trescientos dólares entre billetes y calderilla y que, de todos los que estaban en la sucursal, tan solo una anciana, dio una descripción del delincuente. La abuela, suponiendo que fuera abuela lo que es más que probable siendo una anciana, vio a un tipo alto, moreno, con barba espesa y desarreglada y una uñas muy sucias… Qué hijo de puta!! Harry H. Bell!!! Ese malnacido utilizó al bueno de Horatio Beetle y era casi seguro que llevaba tiempo practicando lo mismo con otros incautos que hubieran tenido la mala fortuna de cruzarse en su camino.
_ Agente!! Agente Dole!! Han de buscar a Harry H. Bell! Harry Harry Bell! Ha sido él! Él robó ese banco y me incriminó a mí! Él responde a la descripción de la anciana…!!
A la velocidad del rayo para un poli del sur, esto es, como un anciano artrítico que anda con muletas, el agente Dole buscó en las archivos el nombre. Tommy Dole era un buen hombre, no era uno de esos policías que juegan a ser dios y para los cuales todos son delincuentes hasta que se demuestre lo contrario. Algo en su interior le decía que el hombre que ocupaba la única celda de Peterstown era inocente, al menos de aquel atraco, así que se esmeró algo más de lo habitual en sus pesquisas sobre el tal Harry. Levantó el teléfono_ arduo trabajo_ y realizó algunas llamadas. Al cabo de dos días y después de recibir un par de faxes, el agente Dole paró de buscar. “Eh.. Horatio!!”, le dijo, “tu Harry H. Bell está muerto! Falleció hace doce años en Illinois!” Horatio escuchó esas palabras como si estuviera escuchando su sentencia de muerte, peor aún, como si estuviera escuchando su sentencia a diez años en Folsom donde se convertiría en la gatita cachonda de un vicioso tatuado y salvaje. Aquel cabrón no había mentido o sí había mentido usando el nombre de un muerto real para no ser reconocido nunca. De una manera o de otra, había metido a Horatio en un lío tremendo, de esos que no se deshacen con pedir disculpas o pagar una multa.
Pasaron quince días. Encarcelado, humillado, pero con cama y tres comidas al día a costa del tío Sam. El agente Dole acudía todos los días a charlar con él. Le contó muchas cosas sobre él y sobre los habitantes de Peterstown, dejando muy claro que el tal Peter, el dueño de la ciudad, no existía, como era normal. Eran curiosidades muy interesantes pero no lo suficiente como para que el hombre en la celda se olvidara de su amiguito vicioso, tatuado y salvaje de Folsom. Por las noches rezaba para que Dios obrara un milagro y le sacara de allí o para que, en el peor de los casos y si era su Voluntad que ingresara en prisión, el vicioso tatuado y salvaje no fuera como el joven Leroy, ni en proporciones ni en aguante.
Una de las noches de aquellas quince, se levantó un viento poco habitual en la zona. Hizo que cayeran un par de farolas, mal instaladas, por supuesto, por su carácter público, y que alguna cerca de un jardín desapareciera. Pero esto es lo de menos, el caso es que ese viento subió y subió llevando hasta las mismitas orejitas de Dios la plegaria del detenido. Como es lógico, no estoy nada seguro de que fuera así, pero tuvo que ocurrir algo parecido, porque, un día cualquiera, sin que nadie le llamara, se presentó en la comisaría de Peterstown el señor X.
Traje negro, Ray Ban de espejo y una mandíbula que bien podría haber dibujado Stan Lee, ése era el señor X. Dijo que venía de un departamento dependiente directamente de la CIA, que alguien había hecho algunas llamadas pronunciando el nombre de Harry H. Bell y que, en algún lugar secreto del país, en un panel lleno de lucecitas, se había encendido un piloto rojo. Sin ponerse nervioso, echó al agente Dole de su comisaría quedándose a solas con el supuesto atracador. Agarró un silla, se sentó delante de él pero fuera de la celda, claro, sacó una libreta y un bolígrafo y dijo “hablemos”. Horatio respondió con todo lujo de detalles las preguntas que el señor X iba formulando, a los enviados de Dios, porque eso era lo que Horatio creía, había que tratarles con el mejor talante, aunque el dios que enviaba a ese X, más que un dios, era un demonio, habida cuenta de que, si estaba allí era porque todo lo que Harry dijo fue verdad y que era probable que hubiera sido él, ese tal X, el brazo ejecutor de la orden de acabar con la vida de la esposa y de las hijas. Fuera como fuese, el de dentro de la celda no entró a juzgarle y se agarró a él como a un clavo ardiendo. Tres horas más tarde, el señor X tenía tres hojas de su libreta llenas de datos y un retrato robot del aspecto que podría tener en esos momentos el maldito Harry. De no haber sido sicario de la CIA, el señor X bien podría haberse dedicado al arte porque el retrato era realmente bueno.
“Hay que esperar”, le decía todos los días el agente Dole a Horatio desde que el hombre de negro saliera de la comisaría. Se contaban ya cinco días desde aquello y no había nada nuevo que celebrar o que lamentar. Un tiempo después, llegó la citación para el juicio. Era la primera vez en la historia de la justicia americana que se celebraría un juicio rápido. Dios da y Dios quita… …a veces quita más de lo que da, porque el juez que presidía la sala era el honorable juez Rossmond. Dois santo!! El marido cornudo!! Pero no podía ser… estaba en West Virginia y el cornudo marido de la loca ninfómana sólo tenía jurisdicción en Carolina… Por suerte, aquí Dios volvió a dar y el juez Rossmond de West Virginia era un hermano del juez Rossmond de Carolina, lo que no quita para que supiera lo de la violación de la esposa de su hermano, pero ya que Dios dio, dio al completo, y no lo sabía, o sí lo sabía pero le daba igual porque sabía que su cuñada era una enferma a la que él mismo se cepilló, repetidas veces en el cuarto de la limpieza, una noche en la que celebraban una cena en honor del hijo del Rossmond de Carolina porque se había doctorado en Leyes.
Sabiéndolo o no, Austin Rossmond no dejaba de ser un juez delante de un atracador casi confeso y eso le convertía en igualmente temible. Desde el principio estaba dispuesto a enchironarle. Todo apuntaba a que Horatio Beetle fue el autor y lo único a su favor, el testimonio de la anciana, fue desechado, no por maldad del jurado, sino porque la abuela, que seguimos sin saber si era realmente abuela, gastaba gafas de culo de botella y no pudo ver con claridad nada durante el atraco en el banco y tampoco pudo ver nada en la sala de la corte donde chocó, dos veces, con el estrado.
Un hombrecillo gris del jurado se levantó y entregó un papel doblado por la mitad al juez. Éste lo abrió, lo leyó y se lo devolvió al hombrecillo gris. “En pie!”, gritó otro tipo que estaba al lado del juez vestido de uniforme. De repente, otro hombre_ en el sur siempre son hombres, las mujeres cocinan y hacen caridad_ cruzó corriendo la sala, se acercó al juez Rossmond de West Virginia zafándose del hombre del uniforme que intentó placarle y le susurró algo al oído. El juez le miró, puso cara de pocos amigos y, con resignación, dijo entre dientes “estos yankees siempre entrometiéndose…”. Acto seguido, golpeó con su martillo de madera en el estrado. “Horatio Beetle, queda usted en libertad sin cargos”.
El hombre recién liberado no esperó a las palmaditas en la espalda, ni a los comentarios de la audiencia o a los flashes de las cámaras de los reporteros de “Peterstown Herald” y de “Peterstown Journalist”. Salió corriendo de la corte como alma que lleva el diablo, fue a la comisaría, agarró su bicicleta, que no era suya, pero como si lo fuera, y pedaleó al máximo ritmo que le permitía su corazón. No se paró a preguntar por el señor X o por lo que le habría sucedido a Harry, que, por otra parte, era obvio. No le importaba nada excepto salir de aquel pueblo lo antes posible. Ni siquiera se despidió de Tommy Dole, una pena, pero así fue…
A toda velocidad, sumando sus pedaladas y la inercia de una cuesta abajo, cruzó un pequeño bosque sin reparar en lo bonito que era. Siguió corriendo, cruzó Union y se metió de lleno en el Bosque Nacional Jefferson. Muy cansado, paró y se sentó en una roca. Era maravilloso aquel bosque, normal que lo hubieran nombrado parque natural protegido, porque algo tan excepcional como eso hay que cuidarlo de la “asfaltización”. Se respiraba paz en su más amplio sentido, una paz reconstituyente. Qué bien y qué tranquilos debieron vivir allí los indios americanos antes de que llegara la “civilización” a romperles las pelotas!! La brisa bañaba su pelo y el silencio era intenso, tan solo roto por el ruido de las hojas al chocar unas con otras y por el canto de los pájaros. Sintió algo parecido a un susurro y notó la presencia de alguien allí cerca de él. Giró su cabeza y vio un tronco hueco que aún se mantenía erguido. Era como si ese tronco le estuviera llamando con la música que se producía por el pasar del viento entre sus agujeros. Horatio se levantó, se acercó al tronco, puso una mano sobre él y rápidamente supo lo que allí estaba sucediendo.
_ Eres Tú, verdad??_ dijo, tembloroso_ “toda la vida buscándote en iglesias y resulta que te encuentro en el lugar más insospechado… Supongo que no se trata de que yo te busque sino de que Tú quieras ser encontrado… A tu alrededor todo es paz y armonía y no me siento nada ridículo hablando con un tronco. Tú ya lo sabes, pero quiero decirte que siempre he intentado ser un buen hombre, que he querido y quiero a los míos y que me esforzado por querer también a los que no eran míos. Estoy aquí en este parque y no sé por qué, Salí de casa aquella noche y aún no sé para qué, pero salí, y he descubierto muchas cosas en este viaje. Siempre pensé que vivía en un lugar seguro y bueno, pero he descubierto que es peor que todos esos sitios que nos dijeron eran malísimos y todo porque aquí nos creemos poseedores de tu salvación, elegidos por Ti… Estoy convencido de que si volvieras a ser humano y vinieras a los Estados Unidos, te crucificaríamos de nuevo… …por comunista seguramente… Quiero agradecerte la vida que me regalaste. Ha sido una vida plena: me casé, tuve hijos, tuve amigos… pero creo que ya no quiero más. En estos días he conocido, cara a cara, el egoísmo y la indiferencia y puede que hagan que germine en mí algo que nunca hubo como el odio y no quiero nada de eso. Quiero sentir esta paz y esta libertad por toda la eternidad, así que, Señor Jesús, llévame contigo!
Sabes? Ahora sé muchas cosas que no sabía y que sembrarán sin duda alguna la intranquilidad en mí: Sé que nadie es lo que parece, que los decentes y rectos esconden hipocresía y depravación, que muchos buenos sufren por causa de las reglas interesadas de unos pocos malos, sé que la vida que diste no vale nada frente al maldito dinero, que la palabra o los sentimientos del corazón no significan nada… … sé que el sexo por el sexo, sin amor ni sentimiento, te vacía y deshumaniza… Y sí, sentí placer con aquella mujer, no lo niego, pero también sentí la irracionalidad correr por mi cuerpo. Ahora sé que todo es por y para el dinero, que éste mueve el mundo, un mundo que excluye a personas maduras como yo…
Y qué decir de mi esposa…! Mi esposa, la dulce y buena Sarah… Dios santo, pero si conmigo parece la abuela de Caperucita Roja…! No podría seguir viviendo con ella, no podría mirarle a los ojos… Ahora sé que tiene un Leroy, Mike el jardinero, que viene a casa todos los martes y jueves tan solo cuando yo no estoy… ….ahora ato cabos… No quiero vivir en un mundo así, en un lugar donde a mis cincuenta y pocos años he de esconderme para tomarme un trago de bourbon, donde hay que fingir felicidad para poder relacionarte socialmente, donde se desprecia al desconocido… No quiero vivir en un mundo lleno de hipocresía y de miedo… Señor Jesús, llévame ahora contigo, líbrame de este infierno que hemos creado, líbrame de vivir entre hienas… …”
Horatio se tumbó en el suelo a los pies de su tronco y cerró los ojos. La brisa volvió a soplar suavemente y, acariciando su cara, se llevó su alma, dejando un cuerpo inerte con una sonrisa dibujada en su rostro.

lunes, 5 de abril de 2010

Un paseo por el sur (parte IV)

Afortunadamente, el bus de línea salió rápido y no hubo que lamentar. La primera parada, Blowingrock, fue desechada por la cercanía con Lenoir. Jefferson, Independence, Troutdale, ninguna parada apagaba el miedo del hombre. La siguiente, Atkins, sería la suya, entre otras cosas porque su billete no daba para más.
En esta parte del mundo, en América del Norte, como supongo que sucede en otros muchos sitios, todo cambia en pocas horas. Es eso que llaman “vida” o, en otros ámbitos, “los caminos inescrutables del Señor”. Cuando uno cree que está seguro, de repente y por un gesto insignificante que hizo sin pensar en ello, se encuentra en un lio imposible de deshacer que le conduce de cabeza al fondo del pozo. Y es algo imprevisible, no hay manera de huir de ello. Se pone un pie en la calle, se cruza con una persona con la que comparte algunas palabras e incluso fluidos, y resulta que esa persona es la locura personificada que te destroza la vida, más aún si esa persona es la esposa de un juez sumido en el odio por los cuernos o dice la famosa y temible frase “ya le llamará mi abogado…”. Horatio no podía creer lo que le estaba pasando, él, un contribuyente honrado que siempre observó las leyes humanas y divinas, estaba buscado, nada más y nada menos, por violación. El sentimiento de desasosiego fue máximo al darse cuenta de que el país en el que vivía no era el país en el que creía que vivía. Los Estados Unidos de Norteamérica era un lugar donde la ley se ponía al servicio de los caprichos de una ninfomaníaca, donde los negros aún debían servidumbre a sus amos blancos si no querían una vida de delitos e inyección letal, y donde, lo peor de todo, en Virginia, las mujeres, no eran virginales ni vestían de época, qué decepción!!
Desde su cómoda y sencilla vida en Jacksonville todo parecía distinto, ordenado y coherente con el sentir de la bandera que habla de trabajo y orgullo, de obediencia a Dios y amor a la patria. En el camino, a pie de obra, las barras y estrellas significan “cuidado, no te conozco y estoy armado”, y lo mejor que se puede hacer es recurrir a los despreciados por la sociedad porque son los únicos que, por vivir alejados del materialismo, aún conservan algo de caridad en sus corazones.
Horatio supo el gran abismo que hay entre le teoría y práctica, que el orden teórico que se vende desde las instituciones por medio de la prensa y la televisión no tienen absolutamente nada que ver con el desorden real de las calles, que si necesitaba ayuda no debería acudir a ninguna iglesia de decentes amantes de la patria sino a cualquier esquina donde hubiera un borracho o una fulana. Lo que aprendió fue nuevo para él, pero no para la Historia. Jesucristo ya supo eso mucho antes que Horatio y, siendo hombre, ya acudió a los desvalidos y desheredados antes que a los fieles religiosos. Bien sabía Él que ésos no eran de fiar y que era mucho mejor tenerlos lo más lejos posible. Tan bien lo sabía que, de hecho, fueron ellos los que lo organizaron todo para matarle. Al caminante podría sucederle exactamente lo mismo si seguía creyendo que los rectos y decentes le ayudarían. Podría topar con algún militante de un grupo armado de los que se organizan en las iglesias bautistas que le llenara el pecho de plomo por ser un individuo peligroso para el modo de vida americano, y este tipo de muerte, ni es dulce ni salada ni nada. Así que, con este nuevo saber en su mente y siendo un gran amante de la integridad de su pecho, en Atkins, Horatio buscó personas fuera del orden establecido, que no sólo estaba convencido que le ayudarían ahora que estaba sin blanca de nuevo, sino que también podrían contarle historias trepidantes para su disfrute. Allí mismo, muy cerca de donde estaba, en la estación de buses donde se bajó, encontró a Harry H. Bell, indigente de manual (barba espesa desarreglada, macuto gigante al hombro y uñas negras como el petróleo) que vagaba de aquí para allá como polizón en buses y trenes.
_Buenas tardes! Soy Horatio Beetle. Podría hablar con usted?
_ No será uno de esos predicadores que buscan redimir almas perdidas?
_ No… …nada de eso… …creo que yo estoy más perdido que usted…
_ Eso téngalo por seguro, amigo, porque yo no estoy perdido, nunca he estado más hallado que ahora! Harry H. Bell, un placer!
_ Igualmente! Y la H.? No será de Horatio? Sería el primero que me encuentro con mi mismo nombre…
_ No! Harry, es de Harry.
_ Harry? Harry Harry Bell?
_ Eso es! El padre de mi padre se llamaba Harry. El padre de mi madre también… Harry Harry!
_ Original… Mire, me encantaría seguir charlando con usted antes de ir al grano pero no puedo… …la necesidad me apremia… Qué hace usted para conseguir comida?
_ Vaya…! Afeitado, limpio… …no parece un tipo de ésos… Comida dice… la cojo sin más…
_ Dónde?
_ Basura, amigo! Con la comida que hay en las basuras americanas se podría hacer de África un continente de obesos… Y no solamente eso… Yo, de la basura como, me visto y saco utensilios que me son de gran utilidad como camas, sillas, esta cuchara…
_ Podría cenar con usted hoy?
_ Por supuesto! Es más, le invito con honores de jefe de estado!
En poco menos de dos horas consiguieron reunir alimento para ellos dos, cortesía de un local de comida rápida cercano a la estación. Tan solo hubo que esperar a poco antes del cierre, que era cuando tiraban todo lo que los clientes habían dejado en sus bandejas. El menú fue variado, dentro de las posibilidades que ofrece este tipo de negocio, que coinciden con las posibilidades que ofrece la cocina americana_ qué suerte hubieran tenido los dos hombres de haber transcurrido esta historia en España!_, hamburguesas mordisqueadas, patatas, restos de ensalada, helados… No era lo más sano, pero cuando no hay dónde elegir, no se puede reprochar nada, así que esa noche llenaron el estómago, que era lo realmente importante.
Terminado el banquete gratis, el indigente Harry Harry sacó un saquito de cuero lleno de tabaco y lió un cigarro. Era un tipo con recursos. Recogía colillas del suelo y sacaba el poco tabaco que les quedaba. Luego, lo juntaba todo y lo picaba en un viejo molinillo de café que encontró en un contenedor de basura en Alburquerque para quitarle la sequedad. De esta manera podía fumar después de cada comida que hacía. Horatio también fumó y aunque no era fumador habitual_ un puro de vez en cuando_ aquel pitillo que Harry lió para él le supo a gloria bendita allí tumbado bajo un manto de estrellas, sintiéndose verdaderamente libre por primera vez en mucho tiempo, justo como ese cowboy de Marlboro que encendía el cigarro a lomos de su caballo y a los pies de un lago precioso y tranquilo en las montañas rocosas.
En poco tiempo al lado del indigente, Horatio aprendió más que en todos los días que llevaba caminando solo y pensó que era el tipo de hombre con el que merece la pena conversar y escuchar, así que inició la conversación.
_ Y cuál es tu historia, Harry?
_ Ufff…! Demasiado larga… pero yo no tengo prisa… Tú?
_ Ninguna!
_ Pues ahí va! Aunque parezca mentira, todo lo que te voy a decir es rigurosamente verdad. No creas que soy uno de esos “sintecho” que han perdido el juicio por estar solos… Mira, aquí donde me ves, soy un mago de las finanzas. Primero de mi promoción en Harvard, no me faltaron empresas en las que trabajar una vez me hube doctorado. Grande millonarios me invitaban a cenar y me sentaban a sus mesas con sus familias. Es una práctica habitual. Quieren saber de primera mano qué clase hombre eres. No quieren muchachos sanos y educados, con vocación o principios morales. Quieren hienas!! Muestras tu ambición desmedida, tu ausencia de moralidad y tu predisposición para la agresividad y los puestos de ayudante de dirección te llueven torrencialmente!!. Elegí un banco. Está bien ser el director de una multinacional de mil millones de dólares, pero si eres el director del banco que la financia serás el jefe del jefe. Subí como la espuma. El primer año, dupliqué los beneficios anuales. El segundo, los tripliqué. El tercero ya formaba parte del consejo de administración y era rico. Pasé a mover dinero de grandes inversores. Ya te digo que era un mago!! Me daban diez millones y devolvía quince en un año!! Me convertí en el hombre al que todos querían tener cerca, el rey Midas de la banca americana. Créeme o no, pero yo he desayunado caviar durante años, he vivido años en la suite presidencial del Waldorf Astoria de Nueva York, he conducido Ferraris y Rolls, he tenido un avión a mi disposición, me he acostado con las mejores mujeres que puedas imaginar, he vestido los trajes más caros, me he bañado en champán francés, he parado una Super Bowl porque tenía que ir a mear… …todo a base de destrozar familias… Y los inversores querían más y más, y para satisfacerles no vale con ser un hijo de puta sin escrúpulos, has de ser un hijo de puta sin escrúpulos sanguinario. Amigo Horatio, los jeques árabes no tienen límites. Te puedo decir que ellos son los dueños de este país porque tipos como yo y políticos como los que tenemos lo hemos posibilitado. Tuve que traspasar la frontera y meter los pies de lleno en el lodo más asqueroso y oscuro: armas, droga, tráfico de personas, petróleo… Todo, escúchame bien, todo sucede por algo, y ese algo es dinero para los ricos. Yo organicé ventas de armas a grupos terroristas anticomunistas, medié en la sombra para promover guerras para nuestro gobierno y sus amigos, promoví golpes de estado en Sudamérica… Tú sabes, supongo, que estados Unidos no puede sobrevivir sin mantener al menos una guerra activa…
_ Y eso cómo puede ser?
_ Arabia Saudí y los judíos controlan los bancos, que a su vez, financian a la industria armamentística americana, que a su vez, hace donativos para llevar a este o al otro a la casa blanca para que haga una guerra donde sea y ellos puedan tener beneficios con los que devolver el dinero con intereses a los bancos. Sin guerra, no hay beneficios y sin éstos, no hay devolución y sin ésta, no hay intereses… Si los bancos no ganan dinero, sus dueños retirarán sus activos en los demás sectores productivos y hundirán esta país…
_ Joder!! Has dicho algo de tráfico de personas…?
_ Ah si…! Simplemente dinero, más dinero… Verás, la inmigración es mano de obra barata, esclavos… o pensabas que hoy en día eso ya no existía?? Todo el mundo conoce los movimientos migratorios desde el sur de América hacia el norte, pero nadie conoce los movimientos que hay desde el norte de África, del Magreb, hacia Oriente Próximo y Medio. Las refinerías requieren esclavos para que los árabes y unos cuantos americanos ganen dinero. Esos “éxodos” se regulan y se negocian.
_ Vamos, que se pagan…
_ Tú lo has dicho… hay que pagar al gobierno “donante” y todo se organiza desde nuestros rascacielos… Eres de los que creen que el norte es mejor que el sur? No lo hagas porque eso es mentira. No es mejor ni peor, simplemente es igual. Aquí un paleto te puede pegar un tiro en la cabeza con su escopeta de cañones recortados. Allí, un paleto con traje y corbata te puede matar de hambre si no pagas…
_ Me estás asustando…
_ Lo imagino… pero sigo con mi historia. Todo aquello me empezó a afectar. Casi no dormía, tenía unas pesadillas horribles y estaba perdiendo a mi propia familia. Decidí abandonar, dejarlo, salir del negocio. La respuesta fue una bala en la cabeza de mi esposa, una bala en la cabeza de mi hija mayor Laura y una soga al cuello de mi hija menor Rose…
_ Dios santo!! Quién? Por qué?
_ Ya he respondido a esas preguntas…
_ Y cómo lograste escapar??
_ Un abogado me ayudó a fingir mi propia muerte a cambio de que le dejara en testamento mi fortuna. Intenté volarme la tapa de los sesos un par de veces, pero no tuve valor y accedí al trato. Puedes decir que estás hablando con un muerto oficial.
_ Y me cuentas esto a mí que me acabas de conocer?? No temes que alguien descubra el engaño?
_ Se lo he contado a medio estado y nadie me cree… Tú, de hacerlo, serías el primero…
Harry aún tuvo un último gesto hacia Horatio prestándole una cama vieja que escondía bajo un arbusto. Era cómoda, al menos mucho más que el suelo, pero no pudo pegar ojo. No sé si le creyó o no y si esto fue la causa del desvelo, epro lo que sí sé es que Horatio mantuvo una actividad cerebral fuera de lo habitual que mantuvo sus párpados por encima de sus ojos hasta el amanecer. Todo lo que Harry dijo era sorprendente, pero no dejaba de tener algo de sentido. Una cosa estaba clara (y lo sigue estando) y era nadie amasa fortunas ingentes sin pisar el terreno de lo ilegal y que ese hombre bien podría haber hecho lo que dijo que hizo porque hay legiones de lacayos dispuestos a matar por un puñado de dólares, o por muchos puñados. Seguramente el indigente hubiera mentido, no en lo que dijo, que puede que ese tipo de prácticas sea una realidad espantosa, sino en que fuera él mismo el que llevara a cabo esas prácticas. Era un hombre solitario y pobre que buscaba algo de protagonismo y de ahí que soltara por la boca todo lo que soltó. Pero, y si era verdad? Y si estuvo hablando con la mano ejecutora de los desmanes ambiciosos de un ricachón americano y sus amigos saudíes? Y si, efectivamente, los americanos de a pie, no eran más que marionetas en manos de cuatro señores que los usaban para engordar sus ya gordas cuentas bancarias? Había cierto sentido en todo aquello. Venía a explicar lo que muchos americanos se preguntan de por qué se tiene tanta manga ancha con los judíos y el por qué no refinan el petróleo los trabajadores americanos de las empresas que lo explotan, a muchos padres de familia les vendría muy bien un empleo así aunque fuera a quince mil millas… Era un comecocos.
Cansado de dar vueltas y vueltas sobre el mismo tema y de estar tumbado en el catre, se levantó y repuso la cama en su lugar. Buscó por los alrededores a su nuevo amigo. No le encontró, de hecho, no le volvería a ver nunca más. En cambio, encontró una bicicleta en buen estado. Quizá fuera otro regalo de Harry, quizá fuera propiedad de un niño del lugar que, confiado, la hubiera dejado allí la tarde anterior, quizá Dios Padre se la hubiera mandado como mandó el maná a los judíos a la salido de Egipto… Sopesó todas las posibilidades antes de cogerla y todas le agradaban porque todas justificaban el usarla. Y cuando digo todas, digo todas, incluso la del niño, porque sí, era un hurto, pero seguro que el niño, de haber sido esta la posibilidad, era el hijo de algún vecino que le hubiera negado la ayuda en el caso de habérsela solicitado, así que, que se jodiera si no encontraba su bicicleta. Además, hurtar a un insolidario es menos delito, al menos eso fue lo que pensó Horatio.

lunes, 29 de marzo de 2010

Un paseo por el sur (parte III)

El hogar de Leroy era radicalmente opuesto a lo que Horatio tenía en la cabeza. Los niños americanos blancos crecen escuchando historias de negros delincuentes procedentes de hogares infernales y desestructurados (nadie les cuenta nunca que es una verdad a medias y que los casos en los que es totalmente verdad, todo es producto de la pobreza asfixiante a la que son empujados los papás negros), pero el blanco no vio golpes o violencia o inestabilidad, todo lo contrario, sintió el amor y el cariño que rezumaba por las paredes de la casa. Se podía decir que era un “dulce” hogar_ o salado hogar, al gusto_. Sentados a la mesa junto a Jamal, Malcom, Amy, Winny, Lebron y Tacker, hermanos y hermanas de Leroy, por orden de nacimiento, el hombre blanco degustó un magistralmente elaborado estofado de carne. “No me denunciará usted, verdad señor Horatio?”, Preguntó el joven angustiado. Con un carrillo lleno de comida, el blanco contestó “denunciarte?? Hijo, si tu madre me sirve otro plato de este estofado, te levantaré un altar…!” Así, acabaron con el caldero que la mamá Johnson había preparado y llegó el momento de seguir con la marcha. Leroy, agradecido por la sencillez y la bondad, inusual para un hombre blanco, de Hoartio, se ofreció a llevarle en su camioneta. La verdad es que el golpe fue duro, no grave pero fuerte, y la rodilla del de Jacksonville se resentía. No le vendría nada mal unas cuantas millas sentado y una buena conversación amigable y distendida con un joven de la zona que le contara curiosidades y anécdotas. Leroy arrancó el motor, puso la primera velocidad, y salieron a la carretera.
_ Y a qué te dedicas, hijo?_ preguntó Horatio.
_Reparto mercaderías por los alrededores, de aquí hasta la frontera del estado. Es un buen empleo, me gusta conducir y nadie me molesta demasiado…
_ Muy bien! Y tus hermanos estudian? Por cierto, muchos sois en casa…
_Sí, muchos…! A los negros nos gusta mucho la cama y no nos paramos ante prejuicios religiosos o sociales… Y sí, si que estudian, yo me encargo de ello para que no desvíen su camino. Quiero que salgan de aquí y vayan al norte. En esta zona, no pasarán nunca de conducir esta camioneta… Algún día iré yo también, tengo planes, sabe?
_ Ah si? Qué planes son esos? Se pueden contar?
_ Claro que si, señor! Tengo un don, un regalo del cielo, y espero explotarlo. Ya le saco algún partido, pero es poco. Sé que puedo obtener mucho más. Mire…
_ Dios santo!!! Todo eso es tuyo? El corazón te da para llenar eso a presión?
_ Sí señor!! Soy un tipo fuerte y sano. Y no solo es el tamaño, también eyaculo cuando quiero. Comprenderá usted que con esto no puedo, ni debo, conformarme con esta camioneta a tres dólares la hora y el “extra”…
_ El extra? Es lo que me imagino?
_ Si se imagina usted que cobro por ofrecer orgasmos a maduritas y no tan maduritas blancas aburridas, sí, es lo que imagina. Aquí en Chinagroove tengo cuatro clientas, todas muy contentas, y otras cuantas en otros pueblos.
_ Y disfrutas?? Quiero decir, serán feas y gordas y todo eso, no??
_ Sí, algunas lo son, otras no… hay de todo… pero, sabe? Soy un poco vicioso, me gusta el tema muchísimo, y no sabe las cosas que me piden que les haga… No se trata de misionero y a casa, quieren el estilo perro, la puerta de atrás, en la mesa, en el sofá, vestidos… de todo! Y juegos, muchos juegos… chupar aquí y allí, con un dedo, con dos, con tres… A mi me ponen a mil…!
_ Y cobras mucho?
_ No… …unos cuantos dólares por servicio… cincuenta nada más. Demasiado poco para el trabajo que hago…
_ Vaya… me acabo de quedar un poco angustiado… Llevo varios días fuera de casa y mi esposa seguro que no ha hecho ni ademán de buscarme… Posiblemente tenga un Leroy en Jacksonville…
_ No le extrañe… con permiso, claro… Ustedes los blancos viven una doble vida: la recta y decente, de puertas hacia fuera, y la secreta, llena de depravaciones… No me explico cómo pueden creerse todavía ustedes los hombres blancos, que a sus mujeres no les gusta el sexo… Por mi experiencia le puedo decir que les gusta, les apasiona… Cree usted que si los maridos de mis clientas les dieran lo que yo les doy vendrían a mí?? Mire, primera parada, Mooresville. Hago el reparto y vuelvo.
El chico negro bajó de la camioneta, cogió un paquete de la parte de atrás y le entregó en un comercio. El tendero, que parecía también ser el dueño del establecimiento, agarró el paquete y, con desprecio, tiró unos centavos al suelo a modo de propina. El chico dio las gracias y se agachó a recogerlos. Volvió silbando sonriente a la camioneta.
_ Venga!! Vámonos!!
_ Pero cómo aguantas eso, Leroy?
_ De dónde sale usted…?? Lo aguanto porque no me queda más remedio. Si no lo hago, ese tipo llamará a mi jefe y le dirá que “el chico negro que reparte la faltó el respeto a su esposa” y me despedirán sin dudarlo. De todos modos, a su mujer yo no le falto el respeto, solamente me la follo… es buena clienta… por eso sonrio.
_ Eres todo un personaje… Y dime, cuál es ese plan??
_ Porno! Créame, soy una máquina. Ganaré un montón de dinero y me haré famoso y mi familia no tendrá que aguantar a cerdos como ese tendero o como mi jefe nunca más… Hay hermanos que juegan al baloncesto, otros al futbol (americano), yo me lo montaré con blanquitas delante de una cámara… “el gran rey africano” me llamaré…
_ Suena bien… No veo mucho de eso, pero intentaré encontrarte…
Continuaron el viaje en la lenta camioneta del padre postizo de superman y Leroy fue contándole a Horatio todas las mujeres que pagaban por sus servicios y qué hacía con cada una de ellas, cosa que hizo sonrojar al blanco en más de una ocasión, porque escuchó descripciones de posturas y prácticas que nunca habría imaginado por sí mismo que se pudieran llevar a cabo. En la larga lista de mujeres, las había escandalosamente pervertidas, como la esposa del reverendo de la iglesia metodista de Richfield, que no sólo quería a Leroy dentro de ella, sino que usaba un juguete erótico al mismo tiempo por otro orificio, juguete éste que competía con el chico en tamaño; o Mary McGillys, esposa del agente de policía de Chinagroove, una mujer oronda pero muy guapa, cuya obsesión era montar situaciones en las que un supuesto desconocido, interpretado por Leroy, la pillaba desprevenida y se lo hacía salvajemente al estilo “el cartero siempre llama dos veces” en la versión con Jack Nicholson y Jessica Lange; la señora Putwell, octogenaria ella, solamente buscaba una cosa que, al parecer, se llama “mouthfull” pero que Horatio no quiso ni escuchar de qué se trataba. También le dijo al blanco que no dijera nunca a nadie, en el estado de Carolina del Norte, todo aquello que estaba escuchando de su boca porque, literalmente, como no podía ser de otra manera cuando hablamos de que se están beneficiando a las esposas de otros, le iba la vida en ello.
A los dos se les hizo el camino hasta Maiden muy corto, entretenidos como estaban uno hablando y el otro escuchando. Parecía un buen lugar para apearse de la camioneta, pero la verdad es que Leroy era un gran muchacho y sus relatos muy amenos y excitantes. Además, no todos los días uno tenía la ocasión de escuchar intimidades de señoras intachables, lo que abría la puerta a otra actividad aún más interesante que era imaginárselas en esas situaciones y en esas posturas gritando como decía Leroy que gritaban. Hacía mucho tiempo que Horatio no excitaba tanto como haciendo aquel ejercicio de imaginación, y el hecho de que nunca, nunca, hubiera escuchado a su esposa gemir (lo cual puede que fuera culpa del esposo) era algo que aumentaba su excitación al grado máximo. Así que se quedó. De Maiden a Connover y de Connover a Lenoir, final de reparto.
_ Amigo Horatio, aquí me doy media vuelta… vuelvo a Chinagroove… Mire, siga aquel camino, siempre recto, y llegará a Blowingrock, Virginia.
_ Muchas gracias, hijo! Ha sido un verdadero placer compartir contigo estas pocas millas… …y mil gracias por el estofado, lo recordaré toda la vida.
_No, gracias a usted, señor, por no denunciarme… Es muy buen tipo, blanco, pero buen tipo… Quisiera regalarle algo más. Antes de volver, he de cubrir un servicio… más bien, lo que cubriré será a una blanca…(risas) Si quiere, le invito. Ella accederá seguro, es de las más viciosas, y yo podré cobrarle doble… qué me dice?
Horatio Beetle no dudó. Excitado como nunca y después de haber perdido la oportunidad que la señora Pathwick le ofreció, no podía dejar escapar ese regalo, contando también con que, a su edad, no iba a encontrar otra ocasión igual para vivir un sexo que jamás había imaginado. Por la señora Beetle no se preocupó mucho. Nunca lo sabría y, después de todo, seguramente tendría un negrito dotado cerca de su cama desde hace tiempo, por qué no? Quizá el joven Billy, que saludaba siempre con mucho cariño a Sarah, o el jardinero, Mike, que con lo grande que era, si lo tuviera todo en proporción, podría ser el hermano mayor de Leroy… En cualquier caso, aquel maduro hombre blanco, ante la posibilidad que se le había presentado, hubiera emparejado a su esposa con Lucifer con tal de justificarse a sí mismo. Todo menos rechazar!!
Fueron a una casa a las afueras de Lenoir, llegando hasta ella con los faros de la camioneta apagados para no levantar sospechas. En el interior, una mujer de unos cuarenta y muchos esperaba sentada en el único mueble que vestía la casa: la cama. No se alteró ni se puso nerviosa al ver a dos hombres en vez de a uno, y tampoco hizo un mal gesto al saber que tendría que pagar cien en vez de cincuenta. Simplemente se agachó antes ellos y se aplicó con lo que encontró debajo de sus pantalones, alternando uno con el otro. Hoartio se prometió a sí mismo antes de llegar a la casa que no miraría la herramienta de Leroy cuando estuviera erecta, por las comparaciones más que nada, pero no pudo evitar que sus ojos bajaran su mirada hasta ver la enormidad negra. Un sentimiento de inferioridad de apoderó de él consiguiendo acabar con la excitación que traía desde Maiden, aunque no del todo, ya que pronto le llegó de nuevo su turno ahí abajo y aquella mujer se encargó de hacerle olvidar el sentimiento de inferioridad, a Leroy, a su esposa Sarah e incluso su propio nombre.
Los detalles de lo que ocurrió en esa cama me los voy a ahorrar porque ya sabemos todos, a estas alturas, lo que hubo y no quiero que esto, que es una simple historia de un hombre simple, se convierta en un relato erótico o incluso pornográfico, y si alguno que esté leyendo lo que escribo no sabe lo que sucedió y necesita que se lo cuente, que me permita decirle que tiene un problema serio en cuanto a relaciones se refiere si no sabe todo lo que pueden hacer un hombre y una mujer (o dos hombre, o dos mujeres) en una cama, simplemente porque no tiene imaginación y sin ésta, todo se vuelve rutinario y oscuro. Simplemente apuntar que, como es lógico, esa mujer agotó a Horatio mucho antes de que quedara satisfecha y tuvo que esperar a que fuera el “profesional” el que terminara el trabajo. Es cierto que no tenía por qué esperar y que se podía haber ido antes de que Leroy saliera, pero la verdad es que cobraría el doble gracias a él y albergó la esperanza de obtener algunos dólares, que no le vendrían nada mal. Y así fue. El dinero se repartió en un setenta-treinta y a Horatio le pareció bien, ya que estuvo dentro un tercio del tiempo nada más. Después de despedirse y cuando Leroy se hubo marchado en su camioneta, el hombre blanco pensó que podría dormir en esa cama si la mujer le daba permiso. Entró de nuevo y le preguntó a la mujer, que aún estaba terminándose de abrochar la blusa, si podría usar la cama cuando ella se fuera de allí. La mujer le miró, levantó una ceja, paró de abrocharse y le dijo “si, pero con una condición: que me des más antes de dormirte…” Horatio durmió allí.
El despertar en Lenoir no tenía comparación con el despertar en las afueras de Aberdeen. Aquella mujer era insaciable y Horatio ya no estaba para tanto ajetreo, por eso incluso echó de menos los martillos percutores texanos cortesía de la cerveza ingerida. Cuando la tigresa desnuda de la cama exigió el segundo asalto matinal, el cowboy de media noche improvisado cogió su ropa y salió corriendo en busca del campo que Leroy le indicara el día anterior. Sin pantalones, al menos en su lugar natural, de adentró en él sin mirar atrás, no fuera a ser que la hembra corriera con el mismo aguante que demostraba en la cama (y sobre el suelo, contra la pared, de pie…) y entonces sí que estaría perdido, como la presa delante del lobo, condenada de antemano a la morir o por cansancio o por asesinato. En el caso del hombre, sería por agotamiento o por infarto de miocardio y, aunque también dicen que morir entre las piernas de una mujer es dulce, no era una opción que, en ese momento, le sedujera. Mejor correr, fuera esa mujer detrás o no, que no iba todo sea dicho, que más vale un sofoco a tiempo que tener que lamentar después.
Sin darse cuenta, se vio en medio de la nada. El campo, que desde Lenoir parecía fácil de cruzar, era insospechadamente inmenso y le llevaría mucho tiempo atravesarlo. Cayó en la cuenta de la gran paradoja en la que se encontraba: había pasado pueblos y pueblos sin dinero y, ahora que lo tenía, sus treinta dólares ganados con esfuerzo sobrehumano, no había nada dónde gastarlos. Horatio era como el multimillanario que, una vez esquilmado el océano y arrasada la tierra, se dé cuenta de que el dinero no se come y que, sin los demás y sus manías, su dinero, su tesoro, no vale para nada. Treinta dólares, una fortuna en comparación a su saldo en los últimos días, para nada, inservible, inútil… Se quedarían en el bolsillo a la espera de mejor ocasión, si es lograba salir de aquel campo con vida.
Para ello, tendría que fijar una dirección en la que andar y evitar así perderse o andar en círculos, que es el principio de toda muerte en los bosques, desiertos o campos inmensos. Pensó en Troy Brooks. Él sí que habría sabido encontrar algo en el cielo para hallar el camino, siempre y cuando hubiera salido del coma etílico en el que, seguramente, entró. Horatio era otro tipo de hombre. Cómo lo haría él? Cómo haría un ciudadano de Jacksonville que la primera semana que vivió en su nueva casa de casado se perdía para ir del salón a su habitación? “Sencillo”, pensó, “andaré y andaré y dormiré ni descansaré hasta que salga de este lugar”. Ocurre que, cuando uno está solo, todo lo que pasa por la cabeza parece ser muy buena idea sin argumentos en contra, habida cuenta de que no hay nadie cerca que pueda aportar dichos argumentos en contra, que siempre los hay, aunque lo que pase por nuestra cabeza sea inventar el celular… Estando solo se planean atracos perfectos, seducciones románticas a mujeres imposibles, el moso de convertirse en una estrella del rock, suicidios… cosas de esas que se ven equivocadas justo cuando te han puesto las esposas, cuando la mujer te está abofeteando, cuando te están abucheando en el karaoke de la esquina o cuando estás al lado de Jesús o de Satanás. Horatio estaba solo y llevó a cabo su idea maravillosa que nadie le rebatió. Anduvo y anduvo, y siguió andando, y más aún, hasta que no pudo más. Se tumbó con los pies en la dirección que había elegido para que, cuando se despertara, poder saber hacia dónde andar. Otra gran idea solitaria! Los picores le despertaron antes del amanecer y, sin tiempo que perder, hizo caso a sus pies y tomó el camino que le indicaban. Seis horas caminando y aquel campo no enseñaba el final por ningún lado. De nuevo exhausto, fue a tumbarse otra vez cuando le pareció ver algo en la lejanía. Mirño fijamente con los ojos achinados y ahí estaban: casas. Corrió hacia ellas felicitándose por el plan que él solito había desarrollado. Virginia estaba al alcance de la mano y él ansioso por llegar, no solamente por el hambre, también por comprobar de primera mano lo que, no sé cómo ni por qué, siempre había pensado del estado de Virginia. Quizá por el nombre o por las historias de la guerra, Horatio siempre pensó y creyó que en Virginia seguían vistiendo con esos atuendos horrorosos e incómodos, sobre todo para los amantes, del mítico y glorioso sur confederado. Pensaba en las mujeres, con esos corpiños y las faldas gigantes arrastrando por el suelo, los paraguas quita sol y las pamelas de circunferencias inauditas. Y que todas eran virginales y educadas, como Escarlet O´hara.
Llegó a una de las casas y vio a un tipo. Era normal, quiero decir, no vestía como el General Lee. Se acercó a él y con voz pausada (no estaba seguro de que en Virginia entendieran su acento de Carolina del Norte) le habló:
_Buenas tardes, amigo! Puede decirme dónde estamos?
_Lenoir!
_ Lenoir, Carolina del Norte?
_ No, Lenoir, Francia… Usted que creé?
Dios santo! Maldito plan de orientación! Debió moverse mientras dormía, cosa que hace el noventa por ciento de loas personas. Dos días perdidos en ese campo infernal. El mal menor fue que salió con vida y que tenía sus treinta dólares en el bolsillo, que habían recobrado su valor virtual que sólo el asfalto poblado le otorga. Entró en un bar no sin mirar antes por el ventanal a las personas que estaban dentro. Sería terrible encontrarse con la mujer insaciable y más aún estando tan débil como estaba. Por fortuna, no estaba. Hamburguesa de pollo, patatas francesas y una Pepsi gigante entraron por su esófago sin masticar apenas, todo por siete dólares. Con quince más, consiguió cama para dormir y un baño donde lavarse. Los ocho restantes, desayunó y fue a afeitarse. Saldo actual, cero, pero era un hombre nuevo. Pensó por un instante en los indigentes y en por qué no se lavan aún teniendo, en las ciudades, lugares gratuitos para hacerlo: “seguramente no lo hacen, justamente por esto, por no convertirse en hombres nuevos que tengan que volver a sentir la desesperación en sus carnes…”
Saliendo de la barbería, pasó por delante de un escaparate y vio una brújula. Maldijo su mala cabeza por no haber pensado en ella antes de gastar todo su patrimonio. Con ella podría haberse enfrentado al campo aquel con alguna garantía. Sonó un claxon y una camioneta casi le atropella de nuevo. “Leroy”, grito Horatio contento de encontrarse de nuevo con su amigo negro, pero éste no parecía muy alegre.
_ Pero qué hace usted aquí?_ preguntó_ ha de irse ya mismo de Lenoir…
_ pero qué ocurre, amigo?
_ Qué ocurre? Que nadie dice no a la mujer del juez, eso ocurre!!
_ Pero si casi acaba conmigo….!
_ Ahora es cuando acabará con usted! Le ha contado a su marido que un forastero la forzó antes de ayer… y si el juez le pone la mano encima, deseará no haber nacido…
_Pero esa mujer está loca…
_ Claro que está loca!! Pero ahora demuestre usted delante de un tribunal que no estuvo con ella y que no se la folló!! Vaya, y dígales que ella, la esposa decente del juez Rossmond, consintió… Mire, coja el primer bus para Blowingrock y desaparezca.
_ No tengo dinero…
_ Joder!! Y los treinta dólares?? Tome, compre el ticket… Lo nunca visto en el sur, un negro dando limosna a un blanco… Suerte señor Horatio!! Lárguese ya!!

lunes, 22 de marzo de 2010

Un paseo por el sur (parte II)

Aberdeen fue, literalmente, el paraíso, la tierra prometida, un oasis en medio del desierto sureño, Horatio, hombre optimista, confió en que allí fuera acogido_ más le valía_, teniendo en cuenta el nombre de la población, sucursal transoceánica de la última ciudad escocesa (inglesa para otros). Es habitual en los Estados Unidos el que ciertas comunidades con nombres de ciudades europeas se comporten como aquellos a los que “plagian” en nombre. Siendo esto así, era de suponer que Aberdeen, Carolina del Norte, estaría llena de pelirrojos en falda a cuadros, un tanto ebrios de cerveza o de whiskey escocés, abiertos y misteriosos, que recibirían al caminante con generosidad. Y no había que olvidar que alguna bisabuela o tatarabuela suya era de la isla, de arriba o de abajo, pero de la isla al fin y al cabo. Fueron muchas la suposiciones de Horatio Beetle. De faldas, cero; pelirrojos, uno; generosos, la mitad; abiertos y misteriosos, tres cuartas partes, ebrios, todos. Había una cafetería que parecía, más bien, el centro cívico de la localidad porque se daban cita allí, día tras día según se veía, la mayoría de los vecinos. Lógicamente, entró. La camarera, una mujer gorda, con los tobillos más grandes que sus rodillas y unos labios pequeños pintados de rojo pasión que se perdían en medio de una cara redonda y amplia como Australia, le sirvió, gratis, la especialidad de la casa, tarta de limón y cerveza. Aunque pueda parecer chocante o sorprendente, no había agua o refrescos o zumos y tampoco café, por mucho que el lugar se llamara cafetería. Pero, cuando hay hambre y sed y no se tiene dinero, cualquier cosa que te den es un manjar exquisito y, cierto es, que la cerveza hidrata igual que el agua y, por supuesto, mucho más que el café, sea éste de donde sea.
Fueron tres tartas y dos pintas y media de cerveza. Era de ley rematar aquello con un buen postre, uno típico de Aberdeen, otra buena pinta de cerveza. Los alemanes toman el dulce antes de comer, los franceses toman el queso como postre, los españoles se comen las patas del cerdo crudas… Si todos hacen lo que quieren, por qué en Aberdeen, Carolina del Norte (y en Aberdeen, Escocia también) no pueden tomar pintas de cerveza de postre? Como no podía ser de otra manera, Horatio aceptó sus tradiciones y agarró su pinta con agradecimiento. Entonces ocurrió lo que suele ocurrir en un local lleno de hombres y cerveza. Que se pegaron? No… al menos aún. Que se pusieron a hablar con el extraño hambriento y sin dinero. Todos los habitantes ya se conocían de años y aprovecharon la oportunidad para volver a contar las historias de sus juventudes al forastero desconocido que seguro no había escuchado nunca. Cada uno fue narrando partes de su vida que eran interesantes y el caminante las absorbía como si de una esponja se tratase. Con el estómago lleno, medio borracho, sucio y demacrado, Horatio estaba obteniendo lo que siempre había querido, escuchar relatos de personajes “exóticos”. Hay que decir que en el sur, todo lo que sea salir del condado es ya territorio “exótico” y salvaje, casi otro planeta…
Un hombre del local le habló de cómo hacer para sacarle el semen a un buen toro para inseminaciones artificiales, era un experto en esa materia; otro, que pasó diez años en Folsom porque robó una radio que resultó tener escondidos en el interior cinco mil dólares y le acusaron de hurto mayor; un tipo del fondo del local, sin levantar su cabeza de la barra, dijo que fue él y sólo él, el que pegó fuego a la comisaría de policía para dar un escarmiento al agente Whitten que, a su parecer, era un chulo que abusaba de su placa. Nadie le creyó; pero, sin duda alguna, el que más impresionó al peregrino fue Troy Brooks, “Popeye” para todo el mundo. Fue como si alguien de ahí arriba hubiera visto las situaciones que Horatio imaginaba y le hubiera concedido vivirlas, o como si Dios mismo lo hubiera dispuesto todo para que el viaje fuera pleno. Y es que el viejo Troy, Popeye, escocés de nacimiento, había sido marinero en un mercante vasco, vizcaíno para más señas. Relató cómo se enroló en ese barco, siendo un niño, como grumete en Southhampton, Inglaterra. Pasó miles de penurias y sufrió abusos a cientos. Para quitarle el miedo a las alturas, le obligaron a subir tres veces al día al palo mayor durante tres meses. Le contó que la tripulación era de lo más variopinta: había vascos, tipos duros y barbudos que solamente hablaban entre sí un idioma que no era de este mundo; había malayos, muy peligrosos, capaces de matar por una simple mala mirada; había un chino que les sacaba el dinero a todo el mundo con juegos de azar que él mismo inventaba; había ingleses, prepotentes y estirados, que estaban ahí porque habían sido expulsados de la marina de su majestad y que, cuando iban a Inglaterra, no bajaban del barco para no ser detenidos y ahorcados; había…
Popeye, que entonces no le llamaban Popeye sino Cachorro, se hizo el niño de confianza del capitán, un tal Shanti Andía, con el que aprendió el oficio de marinero. El viejo había vivido mil y una aventuras en casi todos los mares del mundo, tormentas, asaltos, impagos a la tripulación, peleas, apuestas arriesgadas, mujeres de todos los sabores y enfermedades de todos los colores… Pero la mayor aventura de todas fue el motín. Troy siempre lo dijo: “si llevas a bordo a un puñado de ingleses expulsados del imperio por amotinamiento, es cuestión de tiempo que tú mismo sufras uno…”
Durante mucho tiempo fueron minando las cabezas de sus compañeros con mentiras y, lo que es peor, con medias verdades: que si los oficiales comen mejor, que si se guardan parte de los salarios, que si pegan sin justificación, que si ellos eran más guapos y, por ser ingleses, estaban más preparados para gobernar el barco que esos vascos de Dios que no hay hijo de madre que los entienda… …cualquier cosa de esas absurdas y superficiales que hacen hervir la sangre de ignorantes que no ven más allá de sus narices… …para entendernos, argumentos republicanos, populistas y vacios, directos al estómago del incauto_ en este caso la tripulación_ que se cruzan en su camino. Dado el nivel de conocimientos de los marineros y la sed de sangre que tenían, los ingleses lograron su objetivo. Sólo había que esperar algún incidente insignificante que sirviera de justificación para el levantamiento y de esos sucedían todos los días por decenas. Un malayo de quejó de lo escasa que era la ración un día miércoles en medio del Índico. Aquel malayo malnacido era el tipo más despreciable que jamás había visto el, en aquel entonces, joven escocés y, aún así, el resto le siguieron. Todo vale, incluso vender el alma al demonio, para propiciar una situación en la que descargar todo el odio acumulado que provoca la propia ignorancia.
Por la escotilla de la cubierta_ contó el viejo sin soltar su pinta_ subieron las pocas armas que había en la bodega obligando a la oficialía y a sus leales a su refugiarse en el castillo de popa, diseñado especialmente para defender la nave en situaciones de ese tipo. El joven Cachorro siguió a su maestro y fue armado para combatir a los rebeldes. Contaba solamente diez y siete años, lo que le convertía en el más joven de los encerrados y esto, sumado a que era el de menos graduación en el escalafón del barco, le llevaron a ser la mano ejecutora de todas y cada una de las órdenes que salían de la boca del capitán. En otras palabras, que se comió el marrón. Los cuatro primeros días su cometido era salir a hurtadillas del castillo por una trampilla secreta y “robar” el poco agua que pudieran tener los amotinados. Era una práctica tan común como peligrosa, sobre todo para el que salía del castillo, que debía andarse con exquisito cuidado porque, de ser descubierto, sería ejecutado al instante_ generalmente, los jefes usaban tres o cuatro de esos “rateros”, uno detrás de otro, a medida que iban cayendo_. Los oficiales guardaban la mayoría de las provisiones bajo llave en un almacén del castillo, el agua, la comida y el alcohol. En caso de motín, se encerraban allí y esperaban unos días, lo suficientes para que el hambre y la sed hicieran mella en los rebeldes y empezaran a pensarse la rendición como una opción. Pero en el motín que vivió el viejo Troy, su capitán usó algo nuevo para agilizar la reconquista de la nave y con ella, retomar el rumbo establecido: ordenó a su pupilo liberar un barril de alcohol del castillo y dejarlo en manos de la tripulación de cubierta. Uno no es capitán porque sí o porque es amigo de alguien o porque es guapo y atractivo. Uno es capitán porque es listo y no sólo sabe hacer navegar un barco sino que, además, sabe gobernarlo y desenvolverse en situaciones límite, claro, en aquella época. Hoy en día es otra cosa y los cargos de responsabilidad en cualquier lugar lo ocupan ineptos que lo mejor que saben hacer es cobrar a fin de mes, pero este es otro tema. El que nos ocupa, la narración del escocés, continua con su obediencia a las órdenes. Sacó el barril y esperó para seguir con la segunda parte. Con un cuchillo de grandes dimensiones, tan grandes que en algunos lugares a eso le llamarían espada, salió por su trampilla y, sin remordimientos, degolló a todos los borrachos que se iba encontrando tirados en cubierta. Al día siguiente volvió a hacer lo mismo. Su cuenta personal de pescuezos ascendió a veinticuatro. Lo contó sin hacer ni una mueca, sin mover ni un solo músculo de su cara llena de surcos, como si hubiera cortado cuellos de conejos en vez que de personas. Siguió hablando. Al séptimo día la rendición fue un hecho. Aunque borrachos, los que quedaron pensaron que era mejor terminar con aquello que ser degollado mientras se duerme la mona. Antes de hacer oficial el fin del motín, ellos mismos colgaron del palo mayor a los ingleses por haberles llevado a tan dramática situación. De haber triunfado, les hubieran alabado y servido, pero cuando se trata con personas poco cultivadas, a las que se les huele la villanía a millas de distancia, se pasa del altar a los infiernos en un abrir y cerrar de ojos.
Troy Brooks apuró la pinta que tenía entre manos y no le faltó el tiempo para pedir otra, gesto éste que animó al resto del personal a hacer lo propio. Ya con los labios mojados por la fresca pinta, el escocés siguió diciendo que tuvo que dejar el barco nada más llegar a Filipinas y enrolarse en otro porque su lugar al lado de su amado capitán ya no era territorio seguro, algo normal después de haber degollado a amigos de una tripulación con la que debía convivir. Tan peligroso era el nuevo orden, que, desde el fin del motín y hasta llegar a Managua, tuvo que dormir en lo alto del palo mayor y armado, no fuera a ser que alguna noche sufriera un “fatal accidente”.
_Amigo Troy_ interrumpió Horatio_ dime, qué hace un escocés marinero en un lugar tan, tan… …tan interior?
_ Y qué coño hace un tipo de Jacksonville por aquí y sin dinero?_ replicó otro parroquiano de muy malas maneras.
_ Para Billy…!_ dijo muy tranquilo el viejo_ Está hablando conmigo, no contigo, si? Amigo de Jacksonville y sin dinero, le voy a contestar. No suelo hacerlo, pero no sé que tengo hoy que me encuentro feliz. Verá, cuando me retiré de los barcos, tenía dos opciones: volver a Escocia o no volver. Yo quería terminar mis días en mi amada Aberdeen pero ese clima… … así que, cuando me enteré que aquí había una con muchísimo mejor clima que la original, no lo dudé y…
El viejo Troy cayó al suelo inconsciente por el alcohol. El golpe fue tremendo pero no lo suficiente como para que un escocés suelte una pinta de cerveza de sus manos. Entre aquel alboroto de personas ebrias preocupadas por el aventurero marinero, Horatio, también borracho, acertó a levantarse del taburete y a salir del local por una de las tres puertas que veía. Un poco más allá del final del Aberdeen con mejor clima, el hombre se precipitó al suelo polvoriento noqueado por la Foster´s.
Despertarse después de una buena borrachera es desagradable. También depende mucho de qué haya sido la melopea. De bourbon, bueno, se sobrelleva; de ron, igual; de cerveza es otra historia… Así que, despertarse después de una buena borrachera de cerveza y, además, hacerlo en medio de un camino de piedras y rodeado de arbustos de esos que tienen hojas con pinchos, bajo el sol sureño, es infernal. En toda su vida, Horatio había “pillado” una así y no estaba acostumbrado a las brocas giratorias percutoras que martilleaban su cabeza intentando perforarla como si fuera el estado de Texas. Quizá el viejo Troy sí estuviera hecho a ese estado de agonía que supone la resaca cervecera y aún así, él se despertaría en una cama, posiblemente pequeña y sucia, pero cama al fin y al cabo, y no en un páramo de los que ni los ladrones de caminos frecuentan porque hasta para ellos resultan duros.
Todavía con el mareo zarandeando sus oídos y con unas ojeras que arrastraban por el suelo, el hombre puso rumbo de pies pesados hacia Candor. Su estado era más que lamentable. Hacía ya unos cuantos días que olía mal, sus ropas eran casi andrajos, pero aún tenían mejor aspecto que su cara, de muy mal semblante agravado por una barba de presidiario mitad negra mitad blanca. Lo peor de todo era no tener agua para beber. Su hígado estaba chupando todo el líquido de su cuerpo a marchas forzadas y la deshidratación empezaba a ser la opción por la que apostar. Y se orinaba, el lote completo para el señor. Esa sensación, la de deshidratarse, es realmente rara. Uno se queda como un vegetal y la conciencia parece irse a dar un paseo por Marte vía Mercurio. Dicen que es una muerte dulce, aunque tal comentario, el de muerte dulce, siempre lo hacen los que no se mueren. Para saberlo con certeza, si es dulce o no, habría que preguntarle al muerto, pero es complicado porque, generalmente, no contestan. Otro tema también es el de por qué ha de ser dulce. Yo, personalmente, prefiero el salado y una muerte dulce me “sabría” muy mal. Siempre se usa el dulce para acompañar a todo lo que se considera bueno, pero yo una vez probé el sabor sureño de una mujer del norte y era saladito y todavía no he encontrado a nadie que me asegure que eso es malo. Por lo tanto, para mí, la muerte, salada, por favor. Horatio, la verdad, no sé cómo la querrá. De momento va tan ausente que se ha pasado Candor, Troy y está a punto de entrar en Richfield.
Era un muerto viviente, mejor dicho, andante. Perdido en la niebla de sus ojos, tuvo la suerte de tirar del cordel que encendía una lucecita ínfima en algún rincón de su cerebro. “Richfield”, pensó, “el campo rico… …y si es rico es porque hay agua… …y si hay agua es porque hay un rio…” Sí, sí, se cayó al rio. Afortunadamente, era de poca profundidad y de aguas frescas y cristalinas. Aquel hombre piltrafa volvió a nacer parido por ese rio salvador que posiblemente tuviera un nombre pero que a Horatio no le importaba porque él le llamaría “Mamá”. Bebió, se lavó él y lavó sus ropas, su cerebro pasó de uva pasa a uva gorda y sana, llena de vida. Contento como un crío, retozó largo tiempo en el agua mientras su vestido se secaba colgado de unas ramas cercanas. Era el momento idóneo para que apareciera por allí una mujer de buen ver y jugueteara con él en el agua fresca, pero no apareció porque eso es alfo que sólo sucede o en las películas pornográficas, donde la mujer se desnudaría al punto y follarían en medio del campo de mil posturas distintas, o en las películas románticas, con una mujer extremadamente bella que, escondida detrás de algún árbol, observaría el torso (y solamente el torso) desnudo del hombre y caería rendida a sus encantos. Hablando de películas románticas, resulta que el hombre del rio no solo estaría fuerte y bien moldeado, sino que también sería sincero, generoso, buena persona, honrado, decente, amable, sensible y adoraría a los niños, todo muy “dulce”. Si sucediera en la vida real esto de que un tipo se está bañando desnudo en un rio y aparece una mujer que se enamora de él, lo más probable es que el hombre, musculado por pasar largas horas en el gimnasio, fuera un cerdo narcisista, enamorado de sí mismo, que mentiría y mentiría hasta meterse en la cama de la mujer, y luego, “ciao amore”. Es algo común, desgraciadamente. Los gauperillas de gimnasio lo hacen casi a diario. Lo sorprendente es que las mujeres sigan tropezando, una y otra vez, con la misma piedra…_cuánto daño ha hecho la leyenda del príncipe azul!_. También entiendo que alguien pueda decir que la vida real es una cosa y que las “pelis” son otra distinta donde todo sale bien, y yo digo que “correcto, hasta ahí, bien”. Pero reivindico que el cine no nos venda eso de que Hollywood supera a la realidad, ya que no lo hace, porque no cuentan historias inimaginables, cuentan historias imposibles (lo inimaginable puede ser posible, de hecho hay otro Bush en la casa blanca) donde todo, absolutamente todo, es por guapos y para guapos y eso no es superar la realidad, es suplantarla creando una realidad paralela, beneficiosa para muchos, que venden como posible y al alcance de cualquier mano, y eso es mentira. Para imposibilidades, me quedo con el porno. Pero me estoy yendo. Decía que era un buen momento para que apareciese una mujer , aunque también era un buen momento para que apareciese un tipo con gorra de camionero y rifle al hombro que vigilase sus tierras, pero eso sería ser un poco “cabrón” con Horatio, así que no haré que aparezca nadie, ni para disfrute, ni para sufrimiento. El hombre se pudo vestir tranquilo y continuar con su maratón. Decidió no entrar en Richfiled, después de todo, no encontraría nada mejor que el rio. Quizá comida, pero ya había engañado al estómago con unas moras que encontró mientras paseaba desnudo esperando a que se secara la ropa.
Con paso firme y renovado, limpio pero sin afeitar, entró en Chinagroove. Según su teoría para Aberdeen, Chinagroove debería estar llena de chinos o de americanos que los imitaran. Teoría errónea a todas luces. Como mucho abría un chino, o una familia de chinos que regentaran una tienda de “todo a un dólar” abierta treinta horas al día, pero poco más. Encontró lo mismo que en los lugares anteriores, caras de asombro, comentarios a su espalda y, bingo! un chino con un comercio que hizo que no entendía el inglés cuando el hombre le pidió algo de alimento gratis. Si le hubiera ofrecido dinero, el chino hubiera sabido hacer hasta un comentario de texto sobre Hamlet. Resignado a la realidad sureña, incapaz de ayudar a quien no se conoce y totalmente cerrada a lo que venga de fuera, Horatio puso sus ojos en el camino de salida. Debió ponerlos en el semáforo. Leroy Johnson conducía su camioneta y se llevó por delante al bueno de Horatio Beetle. Suerte que la camioneta era del año cero, una como la que levanta Superman de niño para rescatar a su padre postizo nada más llegar a la Tierra, que no alcanzaba ni las veinte millas por hora. Muy asustado, el joven Leroy fue a socorrer al recién atropellado. Antes, pensó en huir porque una situación en la que un negro arrolla a un blanco, en esta parte del mundo, suele saldarse con cárcel como mínimo, pero no huyó. Levantó a Horatio, le sacudió el polvo, se interesó por su estado y le dijo que le pidiera lo que quisiera, pero que, por lo que más amara en este mundo, no le denunciara. El hombre dijo “hijo, has de darme de comer!”.

lunes, 15 de marzo de 2010

Un paseo por el sur (parte I)

La verdad, no hay mucho que contar de Horatio Beetle. No era ni muy temperamental ni muy sereno, ni muy pasional ni muy frio. Era un tipo más o menos gris, como cualquier otro de su ciudad, un trabajador en la recta final de su vida laboral, ya demasiado extensa incluso para alguien acostumbrado a no hacer otra cosa. Se puede decir que era un hombre equilibrado mentalmente y con una vida equilibrada: su esposa, Sarah Beetle, sus hijos, ya fuera del hogar y haciendo su vida por algún lugar del norte, el perro en la caseta del jardín trasero, su oficio, unas cervezas en el bar los viernes noche… Tampoco es que hubiera mucho más que hacer en Jacksonville, al menos para alguien de su edad y Horatio no era de esos que, cuando llegan a cierta altura en sus vidas, se comportan como si fueran adolescentes e intentan hacer aquello que no hicieron en su día, todo lo contrario, este hombre había hecho todo lo que un americano decente podría haber hecho. Su infancia fue normal. Normal para esos años, claro, que empezó a trabajar con apenas trece años de edad, pero aún así nunca se quejó o dejó de tener tiempo para el cigarrillo a escondidas con los amigos que le robaran al viejo Polly, o para juguetear alrededor de alguna muchacha en busca del primer beso. A su tiempo pudo conducir la camioneta de la familia y en ella descubrió el cuerpo de su futura esposa y su propio cuerpo. Jugó al baloncesto, fue popular en alguna ocasión, le pegó Eddie Pollard, el joven de familia desestructurada que pegaba a todo el mundo… …vamos, que no se podía ser más normal. Y él estaba satisfecho con esa vida, que recordaba sentado en su sillón del salón por las noches, cuando se sentaba a reposar la cena y a leer un poco antes de acostarse
Horatio quería a su esposa. Llevaban juntos casi todas sus vidas y no habían conocido otra cosa. Tampoco lo necesitaban. Con el tiempo, su relación fue decayendo, como es normal, y ya era más habitual verles separados en la casa, cada uno a sus cosas, que abrazaditos en cualquier rincón o tumbados en el sofá buscándose las cosquillas. Ella cosía y hacía tratas para el grupo de señoras de la iglesia y con eso tenía más que suficiente. Él metía mano a su coche más de lo que lo necesitaba. De cama, ya casi nada.
El día del Señor, el domingo, se reservaba para ir al culto. Eran adventistas, bueno, más ella que él. Horatio en realidad no era nada. Creía y tenía fe, pero a su manera, lejos de reglamentos o doctrinas férreas que seguir. Decía que bastante tenía ya con su jefe como buscarse otro para los domingos que le estuviera diciendo a cada momento lo que podía y no podía hacer. Su medida era el sentido común, que era la mejor forma de gobernarse, así que, durante los sermones del pastor, su cabeza se iba a dar un paseo por ahí, a ver mundo como él decía, e imaginaba que hablaba con unos y con otros y que conocía opiniones distintas y que tomaba una tarta de arándanos mejor que la de su Sarah, que, para ser sinceros, no es que fuera una maravilla. Además, la política no le interesaba ni lo más mínimo y ya sabemos todos que desde los púlpitos se hace más política que religión. Después del sermón, de los cinco dólares en el cesto y de saludar a los vecinos en la puerta del templo, volvían a casa a comer y a relajarse un rato antes de ir a visitar a alguna amiga de su mujer. Con poco más, el domingo estaba agotado.
Ése domingo, después de cenar y ya en su lugar preferido de la casa, Horatio se puso a imaginar como hacía en el banco de la iglesia. Buscó con la mirada a su esposa y vio que estaba entretenida con alguna cosa en la cocina lo que aprovechó para tomarse un par de sorbos de una petaca llena de bourbon que guardaba en un cajón de la mesa de escritorio que había en el salón. Saboreó el líquido como si fuera lo mejor que hubiera en este mundo y se volvió a sentar a imaginar cosas. Pensó en que llegaba a un bar en alguna carretera y pedía una botella de bourbon para él solo, pero que compartía con un parroquiano que estaba sentado en un taburete a la barra que, agradecido, le contaba una historia de cuando fue marinero en un mercante vasco en España y de los viajes que hacían Filipinas; imaginó también que la mujer más guapa de un pueblo se enamoraba de él perdidamente y que le agasajaba con postres dulcísimos hechos por ella misma, pero que finalmente tenía que rechazar para que no se pensara que él también quería relaciones con ella. Se fue animando con los relatos que se formaban en su cabeza y decidió darse otro homenaje con la petaca que, a final de cuentas, era domingo y ya aguantó lo indecible a la cotorra de Mrs. Steele despotricando de lo cortas que eran las faldas de las hijas Paul Hickory. Bebió. Bebió más y se terminó el envase. “Demasiado pequeña la compré” pensó y tomó de nuevo asiento. Quiso montar una nueva imagen en su cabeza pero ya no pudo. Una necesidad le apremiaba y le impedía seguir su rutina dominical nocturna. Se levantó, se alivió, tiró de la cadena y se dijo a sí mismo “ya que me he levantado y he venido hasta aquí, por qué no salir y pasear un rato…” Y así lo hizo. Sin decir nada, agarró su chaqueta del perchero y salió al porche. Miró a un lado, miró al otro y empezó a andar, despacio, sin rumbo, con las manos en los bolsillos y mirando al horizonte. Las calles estaban desiertas y Horatio siguió andando sin que eso le importara. Jacksonville es grande, pero tampoco tanto y en poco tiempo estuvo en el límite de la cuidad. Lejos de estar cansado, continuó con su marcha. Para el amanecer, el hombre entraba en Greenevers.
Sarah se despertó sola en la cama. No se alarmó ni nada por el estilo. Pensó que estaba mayor y que habría ido a correrse una juerguecilla de casi jubilado con algún amigo del trabajo, pero que, tarde o temprano, volvería demacrado y muerto de hambre, así que se hizo un café y se puso manos a la obra con sus costuras.
La presencia de un extraño se hizo notar rápidamente en Greenevers. Un tipo maduro que andaba sin parar por las calles saludando, muy amablemente eso sí, a todo aquel que veía no era algo que sucediera muy a menudo allí. Pero bueno, era un americano y siendo así, tampoco es que hubiera mucho que temer. Horatio tuvo hambre. Mala cosa cuando uno ha salido con los bolsillos vacios. Se encomendó a la hospitalidad sureña y entró en una tienda a pedir algo para desayunar:
_ Buenos días, señor! Mire, yo soy de Jacksonville y paseando he llegado hasta aquí. Cuando salí, no pensé que tardaría mucho, así que no llevo ni un solo centavo encima… Sería usted tan amable de regalarme una galletas o algún donut, por favor?
_ Y qué hace un tipo de ciudad en un pueblo como este?
_ Ya le he dicho, pasear.
_ No, a mi no me engaña… usted es un federal, se le ve a la legua, un tipo sofisticado que vienen aquí a reírse de gentes humildes… qué busca?? Yo ya pagué por ese tema del banco… Venga, fuera de aquí, sin dinero no es bienvenido!
Horatio salió del establecimiento contrariado. Bien es cierto que él hubiera dado de desayunar a aquel tipo y a todos cuantos fueran a su casa a pedírselo amablemente, pero también es igual de cierto que no todo el mundo es igual y que hay quien ve morir a alguien en la acera o a un lado del camino y no mueve ni una pestaña. Vagando de nuevo por las calles en busca de otro lugar donde poder pedir alimento, sintió las miradas penetrantes de los habitantes. Estaban todos allí, a ambos lados de la calle, cuchicheando de él, señalándole, “mira, ahí va el federal…” decían. Aunque el hambre era grande, la prudencia ganó la partida, que cuando uno es mirado de esa forma en Carolina del Norte, es mejor quitarse de en medio lo antes posible, no sea que uno encuentre lo que no busca, esto es, plomo. Con su paso tranquilo pero firme, el hombre salió del pueblo por la punta contraria por la que llegó. Anduvo y anduvo, sin mirar atrás, sin pensar en su estómago y sin hacer ni caso a la camioneta que le seguía de cerca con dos muchachos armados en lo alto. Horatio sabía perfectamente que sólo querían cerciorarse de que se alejaba del pueblo y que no se quedaba por ahí escondido para volver con la oscuridad a “hacerles daño”. En cuanto puso un pie en Magnolia, la camioneta dio media vuelta y se largó.
Magnolia parecía otra cosa. Fue fría y distante cuando llegó, pero tampoco era algo que debiera tomarse como real, porque Greenevers fue cálida y pasó lo que pasó. Suele suceder que las gentes frías al comienzo resultan de lo más entrañables después y viceversa, que personas sonrientes y amigables, que parece que te lo van a dar todo, se convierten en estatuas de sal si uno les pide ayuda. Antes de llegar a mitad de la calle principal, un coche patrulla se le acercó. Su conductor, el sheriff, único policía de la zona, le informó de que era gentes de bien y que no querían tener ningún altercado, a lo que Horatio contestó que tan solo andaba y que si era tan amables de ofrecerle algo para acabar con el vacio estomacal que le venía importunando desde Greenevers. No teniendo dinero como no tenía y siendo un forastero, el agente le informó de que iba a tener bastante difícil el tener lo que buscaba, pero que, quizá, si la señora Pathwick estaba despierta, sería la única persona que le ayudaría.
Había luz en la ventana. La casa era grande. La puerta estaba abierta pero, por cortesía, llamó al timbre. Abrió la puerta una mujer madura, muy guapa, vestida con una bata negra que mantenía cruzada alrededor de su cuerpo con sus brazos. El hombre expuso sus qüitas y ella atendió a razones. En la cocina, varios platos hicieron las delicias del estómago. Comió como si no hubiera comido en días mientras la mujer le miraba. Se la veía inteligente, más bien experta, y así resultó porque una vez hubo terminado de cenar, dos copas de bourbon se llenaron hasta la boca. Con la lengua caliente, como es normal, comenzaron a charlar. Horatio contó su parte, que era de Jacksonville, que empezó a andar sin rumbo, que estaba casado y que quería a su mujer, que tenía dos hijos y que su perro le estaría echando de menos. Ella escuchó atentamente y tomó su turno cuando le correspondió, contando lo que el hombre le pidió que le contara, cosas acerca del pueblo y de sus gentes, curiosidades. La señora Pathwick habló y habló. Parecía que tuviera ganas de hacerlo, como si llevara años sin hablar con nadie o como si no tuviera a nadie de confianza con el que hablar de ciertas cosas. Y es que, entre whiskey y whiskey, la mujer soltó por la boca cientos de secretos de muchos, por no decir todos, machos de Magnolia. Es normal que supiera tanto. Las meretrices es lo que tienen. Habló del sheriff, el gordo sheriff, tan cristiano como putero, un depravado que se excitaba recibiendo azotes en su amplio culo; también habló de su esposa, una señora intachable que se había cepillado a medio pueblo; o Bob McCormick, que había decidido hace años que viviría como si el sur hubiera ganado la guerra, así que tenía dos esclavos negros encerrados en el sótano de su casa, dos negros, por cierto, que la mujer del sheriff había probado…; habló del reverendo de la iglesia luterana de Magnolia, que lloraba cada vez que terminaba de acostarse con ella, no porque pensara que había pecado o porque Dios fuera a castigarle, sino porque pasaría mucho tiempo antes de que pudiera volver a meterla en caliente ya que su esposa tenía algo en la cabeza que la hacía comportarse como una niña pequeña y claro, sexo con una niña no era lo más recomendable, unido esto a que andaba de fondos un poco corto porque su salario salía de los cestos y por más que pedía para el Señor no había manera de aumentarlos; nombró a un tal Kevin Patterson, un buen hombre padre de tres hijas tan guapas como malas y esposo de una mujer enamorada del dinero. Harto de ellas, se refugiaba en los brazos de la señora Pathwick simplemente para poder contarle a alguien sus penas. No se acostaban porque el tal Kevin era impotente, impotencia causada por el estrés, le dijeron en Richmond. Y así pasó la noche, lingotazo tras lingotazo, personaje tras personaje. A su debido momento (ella era muy profesional) cogió la mano del hombre y le sugirió regalarle algo más, pero Horatio rehusó tal ofrecimiento porque, aunque hubiera querido, no habría podido por la borrachera que llevaba encima. Apoyó su cabeza en la mesa y durmió allí su trancazo. A la mañana siguiente, pudo desayunar en condiciones y por un momento pensó en aceptar lo que rechazó horas antes, pero se quitó la idea de la cabeza para no disgustar a su benefactora, porque era muy probable que se le hubiera insinuado estando ella igualmente afectada por el bourbon y que, ya de mañana, recién duchada y despierta, le exigiera pagar su tarifa habitual. Igualmente, ella le sonrió pícaramente cuando le despidió en el umbral de la puerta.
En el camino nuevamente, feliz por la noche pasada, una noche en la que hubo eso mismo que soñaba cada domingo durante el sermón, Horatio se sintió como aquellos jóvenes aventureros que recorrían el país en sus motos americanas, libres, salvajes, con sus melenas al viento. Él no tenía melena ni moto, pero caminaba contento y con fuerzas renovadas hacia ninguna parte en especial. Se mantuvo andando todo el día, sin para excepto para tomar aire o sentarse un par de minutos en alguna piedra. Atardeciendo, llegó a Salemburg e intentó buscar otra señora Pathwick que le cobijara y que llenara su buche. El cuerpo humano gasta más “gasolina” que un Mustang del sesenta y seis y hacia el medio día el hombre ya se quedó sin lo que le dio la mujer para el camino. Era normal que ya tuviera hambre de nuevo, pero allí no había señoras putas que le hicieran caso y tampoco personas caritativas, o al menos él no las vio. Haberlas, las habría, digo yo. Bebió agua en una fuente y siguió andando hasta cruzar, y dejar atrás, Salemburg. Su orientación era buena y la noche clara, lo que le ayudó a seguir su ruta. Qué se podía hacer mejor que seguir? Dormir, dirán algunos con mucho sentido común y es lo mismo que hubiera dicho nuestro amigo Horatio estando en las circunstancias que nos encontramos nosotros, es decir, leyendo este cuento, pero como Horatio no estaba en nuestros lugares, sino que estaba en el suyo, en medio de la noche a las afueras de Salemburg, y ya que había hecho la locura de ponerse a andar sin ton ni son, para qué se iba a echar a dormir al raso? No estando cansado, mejor moverse que tumbarse a escucharse sus propias tripas quejarse. Sin embargo, más le hubiera valido hacer caso a los que dijeron “dormir”, porque en el trayecto se cayó tres veces al suelo. Sí, sí, he dicho que la noche era clara, pero no deja de ser noche, y las noches claras son más oscuras que el más oscuro de los días y hay piedras que tirarían a la mejor montura del oeste americano. Tantas veces cayó, tantas veces se levantó. Unas cuantas palmadas para sacudirse el polvo y a andar, andar, andar… Todavía de noche (noche clara) vio a lo lejos luces de ciudad. Fayetteville. “Mejor rodearla” pensó. Si era difícil encontrar almas que le ayudaran en los pueblos pequeños, que están más acostumbrados a conocerse y a ayudarse, cuánto más sería en una ciudad grande, donde nadie conoce a nadie. Entrar allí era perder el tiempo. Se encontraría lo mismo que en su ciudad, en Jacksonville, indiferencia y, a lo peor, algún ladronzuelo dispuesto a quedarse con sus botas a falta de unos dólares. Despuntando el sol, rodeó Fayetteville y se encontró con tres caminos a elegir. Tomó el primero. Le gustaba hacer todo en orden. Con camino por delante y Fayetteville detrás, lo mejor que podía hacer era andar, así que anduvo.Mucha hambre, sed también, y camino, camino por delante… Silvercity, Pinebluff, más camino… Suerte que encontró otra fuente en la que refrescarse, pero de comer, ni hablar. En ese momento era más comprensible la actitud de las gentes hacia Horatio. Su aspecto era desastroso, sucio, pálido, flaco, porque había adelgazado bastante en tres días sin llevarse nada a la boca, sin un centavo… de haber sido negro, estaría en prisión seguro, o muerto. O para atrás o hacia delante, no tenía más opción, pero de una manera o de otra, tenía que andar sí o sí. Total, eso lo llevaba haciendo desde hace ya unos cuantos días… Pues anduvo más, un poco más, un paso más, luego otro más… Aberdeen!!