lunes, 31 de mayo de 2010

Pimkye y Dogger (parte I)

Desde pronto en la mañana, Pimkye, el pastor belga de los Whitten, estaba en la puerta del porche esperando a alguno de sus tan amados amos agitando el rabo y balanceándose de un lado a otro. Era buena familia la suya, no podía tener queja alguna, le limpiaban, le alimentaban bien y jugaban con él posiblemente hasta más de lo que él mismo desearía. Le querían tanto que incluso le habían preparado una buena casa en el jardín amplia y caliente, donde podía dormir tranquilamente y recibir visitas, especialmente la de Dogger, su gran amigo pastor alemán de la familia de al lado, que le visitaba muy a menudo para disfrutar juntos del fantástico placer que supone el rascarse detrás de las orejas.
Una vez se habían levantado y desayunado la familia, Pimkye recibía los primeros mimos del día por parte de los niños justo antes de que Albert, su padre, les llamara desde el coche para acercarlos al colegio. Corto pero intenso, era un buen momento de su día, muy feliz a pesar de que el macho alfa humano no tuviera ningún gesto amable para con él. Con ella, con la hembra alfa, era distinto, otra cosa absolutamente opuesta. Bethany era una esposa clásica, de las de estar en casa y ocuparse de las flores entre copa y copa de vino blanco. Ella sí que le mimaba y le acariciaba, le llamaba “amor”. Para Pimkye Bethany era su ama por encima de los demás, después de todo era con ella con quien pasaba casi todo el día y era ella quien ponía la comida en el cuenco, gesto éste que los perros observan y aprecian mucho.
Las tardes eran más divertidas que las mañanas jugando con los niños en el jardín. La pelota y perseguirse en círculos era lo que más le gustaba al belga y lo pedía con insistencia ladrando sin parar hasta que se lo concedían. Por cosas como esta era por lo que los Whitten presumían en el vecindario de mascota inteligente. Su Pimkye era casi una estrella en la zona, para muchos incluso por encima de algunas personas.
Cuando llegaba la noche, se despedía de su familia y se tumbaba enfrente de la puerta del salón en el porche con el modo “alerta” conectado un par de horas. Comprobado el perímetro y que todo estaba tranquilo, se retiraba a su casita a descansar.
Así un día y otro y otro y otro más… …todos iguales, todos perfectamente parcelados y totalmente dependientes de sus amos y sus horarios, todos excepto uno a la semana en el que las estaciones del día cambiaban radicalmente. En ese día de oro, toda la familia salía junta de casa en su monovolumen con Pimkye embutido en el maletero. Se hacía duro estar ahí metido pero el sufrimiento merecía la pena. Cuando se abría el portón trasero y la mascota volvía a tener espacio libre, se le daba la oportunidad de correr por lugares extraordinarios, por campos verdes y amplios donde también encontraba tiempo para relacionarse con perritas guapas que olían fenomenal, muchas de ellas con disposición por encima de lo normal por no cumplir sus amos con los periodos de celo. Su amigo Dogger solía estar allí también y juntos disfrutaban como críos aprovechando su condición de pastores de la que se valían para gobernarlos a todos, principalmente a todas. Esos días eran los mejores días.
Fue en uno de esos días excepcionales cuando Pimkye, jugando a hacerse el remolón con una labrador muy receptiva, encontró la piedra. En realidad no la encontró, más bien se topó con ella por mera casualidad, es decir, que la piedra le encontró a él. Aquello tendría que ser algo fuera de lo normal, algo maravilloso, y no dudó en llamar con un ladrido especial a su amigo, es bueno compartir con ellos las cosas buenas que se encuentran, así como se comparte con ellos, cuando son amigos de verdad, las cosas malas. La roca brillaba como el sol, emitiendo rayos luminosos rosados solamente cuando alguien o algo se arrimaba mucho a ella. Los dos pastores nunca habían visto nada igual, ni aún en el “megastore” del centro comercial “Pets´r´us” donde había utensilios asombrosos como el acariciador automático para familias con poco tiempo o el set de manicura francesa para mascotas queridas como a un hijo no apto para gatos ariscos. Esa piedra rosa brillante era mejor que todos los juguetes del mundo, mejor que le peluche de la niña, ese que era grande y que daba buena talla para…, mejor que la goma larga del jardín de la que sale agua de vez en cuando, era mejor que todo eso, era un tesoro y como tal, debían enterrar. Y así lo hicieron los dos amigos, la enterraron para no tener que compartirla con nadie inadecuado o incómodo como la labrador aquella, que era buena perra y que incluso llegó a ver la roca pero no disfrutaba de la confianza suficiente como para dejar que la olisqueara. Permanecería allí enterrada para que sólo ellos pudieran poseerla.
En el camino de vuelta a casa, Pimkye no emitió ningún sonido. Permaneció quieto en su lugar, en parte por lo impresionado que estaba con el descubrimiento, en parte porque, aunque quisiera, no podía moverse en aquel maletero infernal. Tampoco reaccionó como solía cuando le acariciaron al llegar a casa, Se fue directo a beber agua y a ocupar su lugar nocturno en le porche. El sol se fue yendo poco a poco y con la oscuridad sus ojos brillaron de un modo especial al recordar el tesoro que tenía escondido. Esa noche no esperó el tiempo habitual de vigía sino que, despreocupado, se retiró a sus aposentos mucho antes de cerciorarse de que ningún maleante merodeaba por el vecindario.
En la quietud más absoluta de la noche, cuando el reloj marcaba la hora de las brujas, un resplandor proveniente del interior de la casita iluminó todo el jardín por un par de segundos para luego desvanecerse entre las sombras. La casa del jardín pasó de tener dentro un perro a tener un hombre estupefacto que se tocaba todo el cuerpo, incrédulo, y miraba sus manos grandes llenas de dedos con asombro. Era inexplicable, fuera de lo común. Pimkye, el pastor belga más famoso del vecindario de había convertido en un ser humano. Intentando asimilar lo que acababa de ocurrir, si es que se puede llegar a similar algo así, escuchó ruido en el exterior de la ahora pequeña e incómoda casa, unos pies que se movían rápido. Súbitamente, como salido de la nada, un tipo rubio se asomó por la puertecita con la misma cara que seguro tendría alguien que hubiera visto al diablo, asustando mucho al anfitrión, tanto que incluso le hizo gritar. Los dos tipos, uno rubio y otro moreno, se quedaron mirándose como si fuera la primera vez que veían un humano.
_Do… Do… Dogger?_ preguntó el moreno.
_Pimkye?
_Sí, Pimkye…_ dijo con resignación.
_Joder, Pimkye! Qué nos ha pasado? Qué es esto? Dios Canino santo! Qué hemos hecho? Por qué a nosotros?
_Cállate Dogger! No te pongas histérico!
_Pero cómo que no me ponga histérico? Sabes qué nos ha pasado? Sabes qué? La maldición del perro hombre, eso nos ha pasado… …que no me ponga histérico dice…
_Ni hablar! Ni perro hombre ni nada! Eso sucede si te muerde otro perro hombre y yo no he visto a ninguno nunca… Además, quién te ha dicho que volveremos a ser perros por la mañana? Quizá nos quedemos así…
_Joder! Eso es mucho peor! Tener que trabajar, no poder volver a montar a la dulce Lassie… Yo quiero volver a ser perro, necesito volver a ser perro…!
_No grites, coño! Sólo nos faltaba que alguien nos viese…!
_Ok, ok, no grito… pero dime qué cojones hacemos??
_No lo sé! Ha debido de ser la maldita piedra que enterramos, algún rayo o algo parecido… Menudo tesoro…!
_Muy bien! Correcto!! La piedra…. Pues volvemos allí, la desenterramos y le pedimos que nos vuelva perros…
_Ya, y quieres ir ahora, en plena noche, a oscuras y justo cuando acabamos de perder nuestro antiguo olfato, no?
_Tienes razón, Pimkye… Iremos cuando seamos perros de nuevo por la mañana!
_Vale, y en el caso de que eso suceda, que volvamos a ser perros digo, cómo te libraras de tus amos? Qué les dirás? Guau guau, guau guau…??
_Joder Pimkye, eres un pastor belga pero tienes la ironía de un buldog británico…
_Mira, escúchame. Lo primero que vamos a hacer es ponernos alguna tela de esa que usan los amos porque yo estoy helado, no sé tú…
_Y de dónde la sacamos?
_De los amos…? De dónde la vamos a sacar…!! Entramos en silencio y cogemos algunas cosas de los machos alfa. Y ya que entramos, por lo que pueda pasar, cogemos también papeles verdes de esos que tiene ellos para conseguir cosas. Es posible que lo necesitemos…
_Qué listo has sido siempre, Pimkye!!
_Es porque soy belga. En Bélgica somos todos muy listos…
Los dos amigos pasaron algunas horas más hablando y explorando su nuevo cuerpo. Llegaron a la conclusión de que era un mal cuerpo, muy limitado físicamente, sin apenas pelo y un pozo sin fondo en lo que a alimentación se refiere porque no tenían ni cuatro horas como hombres y ya tenían hambre, y sin haber hecho ejercicio… Además, había que sumar a la larga lista de defectos el peor de todos, el defecto que más coartaba su libertad individual: no llegaban a lamerse los genitales. Pimkye, muy aficionado a esto, bastante más que los demás perros, pensó que, no llegando él mismo, su amigo Dogger le podía echar una mano, una lengua mejor dicho. “No sé, chico, esta mañana no me lo hubiera pensado, pero ahora que soy humano me da un poco de grima…”, respondió Dogger sumido en un mar de dudas a causa del conflicto interno al que se enfrentaba. Por un lado, eran perros en cuerpos de hombres y querían actuar como perros; por otro lado, el cerebro humano que ahora ocupaba sus cabezas vertía galones y galones de encimas que provocaban sentimientos de lo más extraño en sus corazones, sentimientos humanos que les impedía disfrutar de lo antes era su pasatiempo. Era cierto que Dogger había lamido infinidad de veces los genitales de Pimkye y que lo había hecho con todo el placer del mundo perruno. Siendo hombre, la cosa cambiaba. Solamente el hecho de pensar en pasar la lengua por aquel pingajo encogido por el frio le producía náuseas. No obstante, Pimkye, que era belga y como belga, según él, era listo porque en Bélgica todos son listos, resultó ser también bastante obstinado y descubrió, a base de probar, el sucedáneo que suponía su hábil mano derecha, que ya sabemos todos que no es lo mismo ni de lejos, pero es mucho mejor que nada. Dogger, que para ser alemán era un poco, digamos, lento, que más que alemán parecía francés, no tuvo impedimento intelectual en aprender el gran descubrimiento, lo que hace verdad aquello de “querer es poder”, ya que, hasta la más ardua tarea, como que un perro maneje sus recién estrenadas manos humanas con habilidad en pocas horas, se aprende con facilidad si uno quiere. Y como el aprendizaje requiere tanto teoría como práctica, después de haber observado cómo se hacía, el rubio practicó un par de veces más que su maestro, descubriendo a su vez que el exceso de práctica duele.
Había noche por delante para explorar caminos nuevos, pero no tanta como pensaban. Es verdad que “practicando” el tiempo vuela y ya sólo quedaban un par de horas para el amanecer y el despertar de los amos. Y no se podían descuidar. Tenían que llevar a cabo el plan del belga y agenciarse los útiles humanos por si su caso no era el típico.
Para Pimkye no fue difícil entrar, la puerta corredera del salón siempre quedaba abierta, cerrada junto al tope pero sin el pestillo, con lo que un pequeño empujón servía para hacerla deslizar. Es algo peculiar de este país el que las personas, por motivos de seguridad, prefieran dormir con un magnun cuarenta y cinco bajo la almohada en vez de cerrar con llave las puertas de las casas. Supongo yo que en el subconsciente colectivo americano prima el deseo de liarse a tiros por encima del deseo a proteger a la familia. Por el motivo que sea, el caso es que Pimkye se valió de tal peculiaridad y accedió sin esfuerzo alguno. Ya dentro observó a su alrededor. Todo parecía distinto, más pequeño, y con el cambio de perspectiva descubrió muebles y rincones qie anteriormente no conocía. Fue a la cocina e intentó beber agua como un humano. Misión fallida. Había aprendido a usar su mano para satisfacerse a sí mismo pero no para abrir el grifo del fregadero, menos aún para desenroscar el tapón de las botellas de agua mineral de la nevera. Sin ruborizarse o avergonzarse lo más mínimo, se puso de rodillas y bebió de su recipiente habitual con su lengua. También pensó en comer algo pero no tenía tiempo para ello. Con sigilo, subió arriba, a la habitación de sus amos adultos. Era arriesgado y peligroso, pero no quedaba más remedio que hacerlo, allí estaba el armario con la ropa de él y un cajón que guarda papeles verdes. Entró. Sus amos dormían como niños. Él estaba boca abajo y bufaba como un bisonte; ella, boca arriba, semitapada con las sábanas, dejando al descubierto una de sus piernas. Pimkye se quedó un rato al pie de la cama observándola. Para él, aquella mujer era su verdadera ama, la persona con la que estaba la mayor parte del tiempo, la mujer que le servía la comida. Cuando estaba con ella, el perro sacaba su lengua perruna y agitaba el rabo con alegría. Ahora que era hombre y la miraba con ojos de hombre, también. Como humano, deseaba a esa hembra y su cuerpo se lo indicaba enviando sangre por galones a la zona sur. Tuvo la tentación de ejercitar aún más su mano allí mismo, mejor aún, tuvo la tentación de ejercitarse con ella allí mismo, pero, inexplicablemente, Pimkye supo refrenar su instinto sexual salió de la habitación antes de cometer alguna tontería no sin antes agenciarse lo que iba buscando.

martes, 18 de mayo de 2010

La hora

Corrían las diez de la mañana en el reloj cuando entró por la puerta. Era un tipo alto, moreno, de mirada profunda y manos grandes, vestido con un abrigo negro cruzado que le llegaba hasta los tobillos. Todos en la cafetería se quedaron mirándole fijamente un buen rato, el mismo rato que tardó aquel hombre en avanzar y dejar que la puerta se cerrara detrás de él. Se extendió la sensación de que el hombre en el abrigo negro era alguien conocido, alguien familiar, pero no por ello bien recibido, como uno de esos primos o tíos que se tienen y que viven lejos y que un día aparecen para fanfarronear acerca de sus vidas aventureras llenas de peligros maravillosos que no solo te cuentan sus hazañas sino que, al mismo tiempo, te están diciendo lo desgraciado y pobre que eres. El recién llegado no hizo caso de las miradas y mantuvo sus ojos en el frente, hacia ninguna parte. Avanzó y se sentó en un taburete del final de la barra, al lado de otro tipo que estaba allí y que daba vueltas a la cucharilla de su café con insistencia.
La cafetería era grande y fría, con un gran botellero enfrente de los clientes que les invitaba a consumir los licores que exponía, consiguiéndolo en la mayoría de los casos, cosa que agradecía el dueño del local, el mismo tipo que servía y que barría el suelo cada noche.
El hombre del abrigo permanecía erguido en el taburete, mirando al botellero, en especial a una botella de Justerini and Brooks medio llena, la primera de una fila de botellas iguales. “Ya picó otro encandilado por mi maravilloso botellero…”, pensó el tendero dueño, nada más lejos de la realidad. En un tono bajo y plano, sin llegar nunca a mirar al camarero, el tipo nuevo dijo “café con leche templada en un vaso de cristal, largo de café… Y no tardes Joe…!” Era sorprendente. Aquel hombre nunca había entrado allí y sin embargo conocía el nombre del dueño, algo que verdaderamente le asustó. Quién podría ser? Un inspector de hacienda? Un sicario de la mafia por no pagar el impuesto del capo del barrio? Un detective pagado por su ex mujer? Tembloroso, sirvió el café tal y como había sido ordenado y se fue a su rincón de esperar las peticiones de los clientes, casualmente muy cerca de una pequeña pantalla donde se podía ver lo que grababan las cámaras de seguridad del local, principalmente, la instalada en el lavabo femenino.
El tipo nuevo se sirvió dos cucharadas de azúcar y empezó a dar vueltas al café con la misma velocidad y mismo sentido que su acompañante de barra, siempre mirando al frente, impasible. Como es natural, el tipo de la barra se empezó a poner nervioso, como nerviosos se ponen todos los que son imitados, no se sabe muy bien si por la incomodidad que supone el saberse “no únicos” o por ver lo ridículos que son sus actos cuando los pueden observar desde fuera. Por una razón u otra, o por las dos a la vez, el imitado paró de remover su café y miró a su izquierda buscando una explicación. “Y qué…?”, preguntó con muy malas pulgas a aquel que había venido a interrumpir su cafetero momento de paz. Éste, el hombre de abrigo oscuro hasta los tobillos, bebió un sorbo pequeño, dejó el vaso en el plato y lo agarró con toda la amplitud de su mano aprovechando el calor que despedía para volver a tener movilidad. Con la misma postura, sin mirar a su derecha (ni a su izquierda), en voz baja y muy despacio respondió la pregunta: “Ha llegado la hora… …Sabes de qué te estoy hablando, no?”.
_ Pues no señor, no sé de qué está hablando…
_ De tu hora Garret, tu hora…!
_Pero qué está usted diciendo? Está loco?
_ Por las cosas que he visto debería estarlo, pero no lo estoy. He venido a por ti, para llevarte conmigo…
_ Qué? Llevarme?? Dónde?
_ Al otro lado.
Garret Morrison, el hombre de la barra, comprendió. No se lo tomó muy mal, simplemente respiró hondó y aceptó, como si fuera algo que esperara más o menos pronto a pesar de su no muy madura edad.
_ Y ha de ser ya? No se puede posponer algún tiempo?
_ No, amigo… Eso que llevas dentro avanza rápido y te está comiendo… Qué dijeron los médicos? Tres meses, cinco? Es igual, el tiempo es ahora.
_ Yo confié en mi dios para que me diera algo más de tiempo y sigo confiando, él sabe quién soy y lo que he hecho por Él…
_ Bueno, que sabe quién eres, vale. Que hiciste algo por él, discutible. Que te dará más tiempo, ni hablar! Si estoy aquí ya no hay vuelta atrás…
Los dos hombres permanecieron callados un buen rato, el uno al lado del otro, ajenos al resto de gente del local, que seguían con sus murmullos o leyendo la prensa. En el final de la barra se podía cortar la tensión con cuchillo. Los latidos de Garret casi se escuchaban, graves, acelerados, tan solo atenuados por el leve sonido que hacía el misterioso hombre del abrigo negro con la cucharilla en el vaso. Removía el café con clase, elegantemente, como si fuera un experto en protocolos ingleses en los que es de muy mal gusto golpear la porcelana con las herramientas en las comidas, cenas o meriendas. Mantenía un ritmo uniforme con la cabeza de la cucharilla en el fondo del vaso, imitando el movimiento necesario para batir un par de huevos. En cada giro, un único “clin”, giro “clin”, giro “clin”, giro “clin”, “clin”, “clin”, “clin”, “clin”… Garret Morrison se estaba poniendo nervioso. Parecía como si estuviera rezando con su mano agarrando una pequeña virgen de oro que llevaba al cuello, sin duda alguna, pidiéndole a su querido dios que le librara de aquel trago, al menos ese día y como es normal cuando necesita estar concentrado, el “clin, clin” le sacaba de sus casillas.
_ Por favor, basta ya!!
_ Basta? El qué?
_ El ruido, me molesta…
_ Mira, rezar no te va a servir de nada… En cambio, podrías seguir bebiendo tu último café… Es bueno!
_ Ok, ok…! Y dime, dolerá?
_ Dolerá, dolerá… Siempre preocupados por el dolor físico, como si fuera lo peor que existe… Cuando veas donde te voy a llevar desearás mil latigazos en la espalda, créeme…
_ En el paraíso? En la divina y santa presencia de dios? Me espera el descanso eterno, por eso puedo mantener la compostura.
_ Cómo? La presencia de quién? No, amigo, no, te estás equivocando. En mi lista pone que tú vas a otro lugar, nada de descanso y paz y todo eso…
_ No puede ser! Yo soy un siervo suyo, me he ganado el cielo!
_ Y desde cuando el cielo se gana? El cielo está ahí y uno va si cree…
_ Yo creo, yo creo…! Dios sabe que creo!
_ Amigo, a hipocresía no te gana nadie… Creer conlleva actuar en consecuencia. De nada sirve decir que se cree si lo que se hace dice lo contrario. Tu muerte se adelanta porque es hora de sufrir un poco. El cáncer terminará con tu cuerpo, pero lo que inclina la balanza hacia un lado o a otro, hacia el cielo o el infierno, son tus actos. Causa y efecto, matemática pura, hago esto y consigo esto, hago aquello y consigo aquello. Por lo que sé, y es bastante, infierno es lo que hay para ti…
_ No, no puede ser, por aquello de los bonos a plazo fijo…? No es para tanto, no hice mal alguno… Hay miles de personas haciéndolo continuamente y no les sucede esto, por qué a mí?
_ Por qué, por qué? La famosa pregunta del hombre cuando se ve al borde del abismo. Hay un por qué, naturalmente, y tú lo sabes…
_ No lo sé! Sólo pequé en esa inversión que te he dicho!
_ Vaya, vaya…! El señor Garret Morrison solamente pecó una vez… Un santo! Te aconsejo que no juegues conmigo al ignorante inconsciente o el tránsito será duro para ti. Busca en tu interior, en algún rincón escondido de tu cabecita, en lo más profundo de tu corazoncito… Ahí está el por qué…
El hombre agachó su cabeza y comenzó a sudar. Su cerebro procesaba datos rápidamente, buscando alguna respuesta, alguna situación, cualquier cosa que fuera el terrible por qué que le condenaba al fuego eterno. Miró al botellero y pensó que necesitaría una ayuda, ayuda que le proporcionaría la botella de vodka Absolut. Después de engullir un par de tragos largos y con la garganta bien caliente, decidió hacer un pequeño balance de su vida adulta_ a pesar de lo que algunos mantienen, de niño no se peca_ para dar con lo que buscaba. Era claro, cristalino, que algo debería haber ya que uno no busca si está convencido de que no hay nada y este no era el caso de Garret. Repasó su juventud y su madurez aún vigente y encontró nada más que asuntos veniales, al menos para él: el ya citado tema de los bonos, una inversión fraudulenta en la que vio cómo aumentaba su capital privado; o aquel tema de la ayuda a ese político amigo suyo que llegó a ostentar un cargo público y más tarde devolvió el favor con informaciones privilegiadas; o el asunto un tanto oscuro de las grabaciones domésticas en probadores de tiendas de ropa, pero aquello fue mucho antes de ingresar y las mujeres nunca supieron que eran grabadas, con lo que si no hay conocimiento, no hay daño… Claro que había temas y situaciones pecaminosas, pero no como para tener que ir al infierno por toda la eternidad. Eran asuntos totalmente normales, de persona normal que lleva una vida rutinaria en un mundo lleno de lobos y en el que hay que hacer, de vez en cuando, alguna cosilla para poder darse un capricho… Seguía pensando que era injusto. Había banqueros, políticos, predicadores, robando continuamente a todo el mundo, destrozando vidas y familias y no les ocurría nada parecido a aquello. Todo lo contrario, eran felices, famosos, y vivían cien años teniendo la oportunidad de conocer a sus nietos y verles crecer… No era posible que dios se comportara así con él, que le tratara con tanta dureza cuando él había empleado muchos años en su obra…
_ No le des más vueltas, amigo… La autocompasión nunca salvó a nadie de nada y es un error… En tu caso, no sólo es un error sino que además es una herejía… Buscas y buscas y no encuentras… Es porque buscas mal, dando por sentado que eres inocente, puro, limpio de corazón… Te ayudaré un poco, ok? Mírame!
Garret Morrison giró su cabeza hacia su izquierda y miró fijamente los ojos del tipo con abrigo negro hasta los tobillos. Inmediatamente después sintió cómo su corazón se encogía, como si se secara y se convirtiera en una uva pasa, arrugada y deshidratada. Un millón de agujas pincharon su pecho obligando al hombre a soltar la virgen de su pecho e intentar sujetar su corazón, gesto éste que repiten todos aquellos que sienten aproximarse un infarto y que, sin resultados como es obvio, pretenden parar así lo inevitable desde fuera. El dolor era intenso y profundo. Oprimía sus pulmones dificultándole la respiración y Garret intuyó que era el momento del viaje, que ya partía el tren, pero lejos de ser el principio del fin, ninguno de sus órganos vitales sufrió daño alguno, ya que no eran causas reales de muerte sino sensaciones, sentimientos que ese hombre del abrigo quería que Garret sintiera y que produjo con su mirada fría.
_ Vas entendiendo, amigo? Te ayuda esto a recordar? El miedo, la angustia, el dolor, el ahogo… No te resultan familiares…?
La memoria humana es algo extraordinario o lo hacemos extraordinario. Recordamos todo lo bueno y parte de lo malo, la parte correspondiente al mal que nos hacen, pero raras veces recordamos aquel mal que nosotros hacemos a los demás. Éste lo guardamos en el último cajón de nuestra cabeza, en el más recóndito e inaccesible para que, con el tiempo, parezca que nunca se produjo y poder decir así, con la cabeza bien alta, eso de “yo no, nunca hice daño a nadie”. Pero no es cierto, aunque nos empeñemos en ello. Hacemos daño, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, y el dolor para el que lo sufre es el mismo de una manera o de otra. Es solamente bajo presiones externas cuando reconocemos que hicimos daño y a quién, cuando movemos mil cajas en nuestros trasteros mentales y desempolvamos las viejas cajas del fondo. Garret fue presionado con ese fin. Era necesario que abriera sus cajas viejas y que mirara en su interior para dar con el por qué de su destino, habida cuenta de que no lo haría nunca por su propia voluntad. Y la presión dio resultado. El hombre comprendió. Las sensaciones físicas que sentía tuvieron caras, tuvieron lugar y fecha en el calendario, fueron ubicadas en algún lugar de su vida rellenando huecos que, deliberadamente, fueron vaciados en el pasado. Encontró un porque para el por qué.
_ Ya! Ya lo viste, eh? Eso es por lo que irás al puto infierno, eso y no lo del dinero… Pero quiero algo más, esto sí que te lo has ganado por hipócrita… Quiero que confieses, quiero que me lo cuentes en voz alta… No te gusta tanto la confesión? Pues confiesa ahora, padre Morrison!
Garret Morrison, sacerdote desde hace veinte años, dejó caer dos lágrimas de sus ojos enrojecidos. Sacó fuerzas de algún lado, supongo que del vodka, y habló, balbuceando, con la voz entre cortada, sin levantar su mirada del suelo.
_ Sí… …yo, el padre Morrison… …Usé el confesionario pa… …para dar rienda suelta a mis… …a mis… …depravaciones. Hace años, cuando aún los feligreses eran muchos y muchas mujeres piadosas venían a confesar, yo usé sus secretos y las… …las chantajeé para conseguir sus… …sus… …favores sexuales… Tuve que, tuve que… …. La señora White y Patricia Malltoe se revelaron, dejaron de temer que sus pecados se supieran… Tuve que matarlas… Años después, con la iglesia casi vacía, desvié mi atención a los niños del orfanato… Ab… abus… abusé de muchos… los pegué… …los pen… …penetré… a uno de ellos lo mat…
El hombre se derrumbó y rompió a llorar como un crio. De repente, el sufrimiento de todas esas mujeres y de los niños cayó sobre él hundiéndole en la miseria sin escapatoria posible.
_ Sabes? Soy la muerte y mi aspecto habitual deja mucho que desear, pero lo tuyo, lo tuyo da verdadero asco, no sólo por ser un cerdo nauseabundo, también porque para ti los temas de dinero son más importantes que las personas, como todos los religiosos… De verdad pensaste que tus pecados eran los putos bonos antes que violar a mujeres y a niños? De verdad pensaste que Dios te abriría el paraíso después de haber hecho lo que hiciste? Dios santo! Y todavía hablabas de injusticia…
_ Por favor, acaba ya con esto…
_ Acabar? No ha hecho más que comenzar… Multiplica por un millón lo que sientes ahora y será lo que sentirás toda la eternidad, amigo… Apuesto que prefieres ahora esos mil latigazos?
El hombre del abrigo terminó su café, encendió un cigarro_ el café sin tabaco no es nada_ y sopló en el oído del hundido Garret, que cayó al suelo desde el taburete, desplomado, como un saco de patatas, provocando un estruendo que hizo estremecer al resto de clientes del bar. Todos allí clavaron sus miradas en el hombre de negro y sintieron el miedo que despedía volando por encima de sus cabezas. Se levantó, estiró su abrigo negro hasta los tobillos, colocó las mangas ajustándolas a sus muñecas y caminó hasta la puerta provocando que todas la cabezas le siguieran. Llegó a la puerta, agarró el pomo con su mano derecha y lo giró. Antes de abrir se paró y levantó su cabeza como si hubiera olvidado algo. “Joe!”, dijo sin apartar su mirada de la puerta, “buen café… …y quién de ustedes es Paul Winston?”. Un tipo gordo que estaba sentado a una mesita levantó su mano con mucho miedo.
_ Muy bien! Paul, mañana te veo. Yo estaré aquí, me gusta el local. Si no vienes, da igual, te encontraré, así que, por favor, ahórrame tiempo y ven.
Paul Winston palideció y su corazón se aceleró como un reactor en el despegue aumentando las pulsaciones a un número que rozaba lo inhumano. Al borde del colapso, Paul intentó levantarse y llamar a un médico, pero no hizo falta, ya que el hombre del abrigo negro, la mismísima muerte, puso su mano en el pecho del gordo y dijo “he dicho que mañana… …hoy estate tranquilo… …Estén todos tranquilos, ninguno de ustedes tiene hoy cita conmigo, pero llegará… les aseguro que llegará…”

lunes, 10 de mayo de 2010

Es lo que hay

Desde la atalaya del tiempo, el águila calva todo lo siente, todo lo percibe. Levanta el telón tricolor de la patria y ve a todos, hacinados en las esquinas, abriéndose hueco con los codos, exagerando su importancia en el colectivo para hacerse notar por encima del resto… Allí están todos: los banqueros, los judíos más cristianos y los cristianos más judíos, los sustitutos de Dios en la Tierra, disponiendo las vidas ajenas para que encajen, cual puzle, en la palma de sus manos y así controlarlo todo, lo alto y lo bajo, la derecha y la menos derecha, los de delante y los de atrás, todos entran en sus ilimitadas manos de dedos largos que llegan hasta el último rincón del alma. Nada sucede sin que ellos lo sepan, nada ocurre sin que ellos digan la última palabra al respecto, nada se hunde sin que ellos lo quieran por muy podrido que esté; están los políticos, los de allí y los de aquí, todos ellos, sin excepción, de traje caro y multinacional bajo el brazo, empeñados en gustar a todo el personal con sonrisas falsas y buenos gestos inocuos pero exprimiéndoles para beber el jugo que apague la sed infinita de sus egos, protectores de su bien privado, pidiendo, pidiendo aunque pocas veces dando; los grandes empresarios, aves carroñeras para los que todo es poco, jugando al ajedrez social con la impunidad de saberse siempre ganadores con sus reyes a buen recaudo en Suiza o Barbados y sacrificando peones a miles que crean en sus fábricas de desesperación; los jueces, escondidos debajo de sus togas, pugnando los unos con los otros por ver quién sodomiza primero a Justicia a la que hace tiempo se le cayó la venda de los ojos; las esposas de los anteriores, putas de baja estofa enfundadas en vestidos de grandes señoras decentes, conduciendo sus cuatro por cuatro, entrando y saliendo del quirófano con los pechos cada vez más grandes y buscando muchachos fornidos con los que desfogarse entre copa y copa; están los oficiales militares y su gran método de combatir a las moscas con cañones de gran calibre que justifica su ingreso en las nóminas de los fabricantes de misiles, tan ensimismados con el brillo de sus condecoraciones que hace tiempo olvidaron los valores que dicen defender, si es que laguna vez los conocieron; los soldados, juventud cercenada por el cuchillo de la pobreza, muchachos americanos reconvertidos en muñecos de primera línea a cambio de un plato de rancho rancio, ignorantes y salvajes, defendiendo causas que desconocen; están los predicadores bautistas, gritando mensajes de salvación blanca por parte del dios que bendice sus campamentos familiares de la Milicia, atrincherados detrás de las biblias pero empuñando subfusiles con los que combatir a todo aquel que no piense como ellos y que llaman diablo; los cantantes y las cantantes pop, guapos y guapas, ricos y ricas, maravillosos, estupendos, perfectos productos salidos de la cadena de montaje discográfica, creados para ocupar el vacío en las cabezas adolescentes dispuestas a gastar lo que haga falta para ser populares; los analistas de mercados financieros, grandes gurús de la economía moderna, observatorios fiables de las macrocifras, que solamente hablan cuando las cosas van bien pero que se esconden cuando hay “cracks” que no vaticinaron, quizá porque sean ellos esbirros de los culpables; los periodistas, inflados por creerse los cuartos cuando en realidad son lacayos de los primeros, defensores y heraldos de la verdad que más dinero produzca; los raperos negros y sus sonidos alienantes, con decenas de chicas explosivas colgadas en sus cuellos, tan hastiados de sexo y dinero que han encontrado divertimento en matarse entre ellos; los vicarios católicos, siempre de negro profundo, anunciando más muerte que vida, exigiendo a los demás con sus bocas lo que sus genitales no pueden hacer, creando otro harem bajo el nombre de orfanato donde dar rienda suelta e impune a la obsesión que se esconde detrás del celibato de Roma; está la Asociación Nacional del Rifle al completo, con el decrépito y huidizo Charlton Heston a la cabeza, predicando las bondades de las armas de fuego en casa, imprescindibles para defenderse de los peligros que acechan a la patria, especialmente la gran amenaza que supone el temible Bambi que corretea por nuestros bosques pudiendo pisar algún pequeño pie de los niños…; los psicólogos, judíos todos ellos posiblemente por aquello de tener que vender humo, elocuentes y millonarios, expertos adivinadores del pasado pero incapaces de diagnosticar a una sociedad enferma; los moteros, libres como el viento, sin un palmo de piel que no lleve tatuado una esvástica, símbolo éste de indudable libertad; están los hispanos afincados en el norte, ocupando parques públicos y haciendo de ellos sus cuarteles generales, midiendo su hombría por el calibre de sus pistolas que usan también, casualidad de casualidades, para defenderse del pequeño ciervo en pleno centro de Nueva York; los hispanos afincados en el sur, familias trabajadoras y decentes, entendiendo esto último como ser más conservador que los conservadores, fanáticos republicanos para con aquellos que ahora, como ellos mismos antes, quieren cruzar al otro lado en busca de una vida mejor; los seguidores de Elvis, pantalones campana y pelucas de tupés imposibles en ristre, peregrinando a su Meca particular en busca de sanidad; los saudíes, árabes sí, pero árabes con petróleo, lo que les convierte, automáticamente, en amigos con los que sentarse a hablar. Pareces ser que están cerrando otro negocio con Carlyle por el que embolsarse varios cientos de millones de dólares a cambio de dos o tres mil vidas humanas; la mafia italiana_ hay que especificar porque aquí hay muchas mafias, cada una con su particular rasgo_ y sus sindicatos de basureros, vistiendo trajes tan caros como horteras que están manchados de sangre, empeñados en no vocalizar cuando hablan y en repetirlo todo un millón de veces; están los muchachos y muchachas de Harvard y Yale, futuros líderes horneándose al calor de la fortuna familiar, aprendiendo mucho no para mejorar lo que ya existe sino para saber mantener un sistema injusto que sus abuelos crearon y por el cual ellos siempre estarán en la cima, ardua tarea ésta por insostenible; Disney, produciendo uno de sus manuales para niños de “cómo ser el más popular de tu colegio y pasar por encima de los demás antes de que ellos pasen por encima de ti”, engullendo a cualquiera que se atreva a entretener sin pedirles permiso; está Angelina Jolie, rodando otra película sin guión basada en ella posando con doscientos modelitos, siempre con la misma cara de diva divina; la policía, buscando negros a los que apalear después de hacer un poco más ricos a los fabricantes de donuts; los veteranos de cualquier guerra, con sus miembros amputados, maldiciéndose a sí mismos por no haber dicho “No” en su momento; los cubanos anticastristas, cortando la cocaína de todo Florida, esperando a que muera el dictador para poder cantar “Viva Cuba Libre” desde Miami mientras los burdeles en su isla rinden beneficios; los niños en los colegios, suspensos en “matemáticas” pero doctorados en “limpieza y montaje de la veretta”, preocupados prematuramente por lo que hay bajo la ropa interior influidos por las series donde treinta añeros interpretan a adolescentes, dispuestos a seguir a cualquiera que les diga lo que quieren oír; Hollywood, la industria de los sueños, donde los informáticos han sustituido a los guionistas, buscando el enésimo enemigo del planeta con una nueva arma con la que terminará con la vida y que sucumbirá, por supuesto, ante la belleza arrebatadora del protagonista, porque, todo el mundo lo sabe, los héroes son siempre guapos y los malos feos; los jugadores de las Vegas, jugando a ser otra persona distinta a la que son en su realidad el tiempo que dure la instancia, para volver a sus grises, aburridas y cristianas vidas sin un dólar que gastar; los homosexuales del Castro, haciendo gala de su condición sexual con orgullo, ignorantes de que eso les distancia aún más de la tan deseada normalidad, aunque, después de todo, quizá ya lo saben y se sientan cómodos viviendo una semiclandestinidad que les sirve de justificación para otros asuntos…; los vaqueros de Texas, machos sudorosos y rudos, tipos fuertes moralmente anclados en los cuarenta, defendiendo cualquier posición belicista de los políticos siempre y cuando sean los chicos negros los que vayan a luchar y no ellos; los cosmopolitas de Manhattan, la élite de la élite, el animal más a la vanguardia del mundo, amantes del asfalto, hombres y mujeres del siglo XXI pero con la mitad de neuronas que los hombres y mujeres del siglo IXX, creyendo que viven a salvo de todo los que les rodea; la gente de los gimnasios angelinos, esculturales, perfectos, rindiendo culto al cuerpo y soñando con que sus músculos les lleven, un día, al éxito: la televisión, el cine, quizá ser gobernador de California…; Paris Hilton, follándose a todo el gran estado de Oklahoma; están los enterradores, obedeciendo el mandato de arriba por el que trabajan a destajo y a escondidas para que nadie tenga tiempo de contar los ataúdes que meten en los hoyos llegados de la otra parte del mundo; las animadoras, expertas bailarinas y acróbatas, calentando las camas de los muchachos entre partido y partido, sopesando seriamente la posibilidad de cambiarse al cine porno, donde harían lo mismo pero por mucho más dinero; los Kennedy, muriendo en extrañas circunstancias; los Amysh, en su planeta; están los abogados invocando a su patrón en el aquelarre, buscando la manera de retorcerlo todo para sacar tajada amparados en una legislación sustentada por mondadientes; los padres de las niñas de los concursos de belleza infantiles, ambiciosos y sin escrúpulos, capaces de truncar la infancia de sus hijas por tapar su propia miseria fracasada; los científicos de la Nasa y sus caras ocurrencias, buscando la forma de recolectar una piedra de tres pulgadas en Marte que los permita seguir viviendo a costa de los contribuyentes; los swingers, presumiendo de ser los únicos que conocen el verdadero amor, cuando la realidad es que no son más que personas libres asociadas para ayudarse a encontrar sexo gratis con terceros; el KKK, cobardes e ignorantes, obsesionados por defender una supremacía que sólo existe en sus trastornadas cabezas; el Museo de Arte Moderno de Nueva York, un intestino grueso gigante lleno, casi en su totalidad, por deshechos, diciendo que es arte solamente aquello que les reporte beneficios; los agentes de la CIA, asesinos legales, haciéndole la guerra a cualquiera que se atreva a insinuar que no está de acuerdo con ellos, americanos incluidos; los creacionistas y su “One Nation Under God”, intentando imponer su fanatismo religioso a todos para hacerlo tan grande y poderoso que les permita combatir, con garantías, contra otros fanatismos igual de peligrosos que el suyo; están los médicos, aumentando sus cuentas bancarias sirviéndose de la enfermedad pública, extirpando tumores y practicando transplantes de hígado aunque matando de infarto a la hora de pagar la cuenta…
Sí, ahí están todos ellos, mirándose el ombligo, esforzándose para sí mismos, pensando que nada es posible sin su participación como si fueran imprescindibles.
Afortunadamente, hay más gente debajo del telón, mucha más, millones más, anónimos, solos, no incluidos a voluntad en grupos de presión, millones de personas soportando sobre sus hombros el peso de todos los anteriores, hombres y mujeres que son el motor por el cual el imperio avanza. Éstos también están bajo el manto y siempre estarán, pero nunca ocuparán portadas en Europa o cabeceras de noticieros, nunca nadie empleará un minuto de su tiempo en debatir sobre ellos en el parlamento y todo porque los que viven una vida regalada, llena de alegría y de dólares, dan por hecho que trabajar es su obligación para con la patria, que están ahí simplemente para hacer que la nave navegue en el rumbo que ellos marcan.
Los millones y millones de desconocidos no exigen su parte del pastel (como sí exigen otros que no hacen nada gratis), no pasan facturas bajo presiones de escándalo, tan solo luchan por sacar a sus familias adelante y lo mínimo básico que se les puede dar, después de recibir todo lo que ellos producen, es justamente lo que se les niega porque es algo que amenaza, directamente, un sistema financiero y social que ampara y protege a todos los nombrados anteriormente. Y qué puede ser eso tan peligroso que los millones demandan? Justicia, Libertad, Seguridad y Educación_ la Sanidad no es negociable, no es una recompensa, es un derecho fundamental_.
Y todos están, los nombrados y los anónimos; unos, los más, dispuestos en círculos engranados entre ellos formando la maquinaria precisa del reloj americano; los otros, menos, muchos menos y muy ricos, sentados a horcajadas en las manillas, cabalgando sobre ellas, dificultando, cada vez con más intensidad, el funcionamiento del reloj porque el peso, ya excesivo, desde hace mucho tiempo excesivo, obliga a esforzarse más y más a la máquina interna que empieza a mostrar síntomas de cansancio. Pero todo da igual, mientras el reloj dé la hora, mientras siga girando en el sentido correcto, no hay por qué temer nada y habrá quien continúe ocupando puestos prominentes sin merecerlo defendiendo “su verdad” por encima de “La Verdad”.
Desde la atalaya del tiempo, el águila calva protegerá la bandera y seguirá observando debajo de ella todo lo que hay: millones de personas que siguen produciendo millones de dólares que otros seguirán embolsándose sin esfuerzo. Y todos seguirán pensando que esto durará eternamente.

miércoles, 5 de mayo de 2010

La muerte de Josh Culberson

Josh Culberson fue pateado hasta morir. Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado y fue la justificación ideal al odio de un puñado de animales. Ninguno de ellos sabía cómo se llamaba o dónde vivía. Fue ésta la razón por la que no fue ayudado o, quizá, por todo lo contrario, por ser demasiado conocido.
Retrocediendo en el tiempo, llegamos hasta la infancia de Josh. Se puede decir que fue normal, tan sólo sacudida por su prematuro amor por Amy Smith. Contaba doce años y ya amaba como un adulto. No se trataba de querer acariciar la mano de la chica o de acompañarla a casa después de la escuela. Josh soñaba con cosas muy distintas, impropias de su edad y educación. Contactos sexuales, procreación, construir un hogar, era lo que Amy inspiraba al muchacho. Demasiada televisión.
Él siempre creyó que la joven Amy, de trece años, pensaba igual y sentía igual pero, si ya es raro que un preadolescente sienta así, mucho más lo es que dos preadolescentes de la misma ciudad, de la misma escuela, sientan de manera similar. Logicamente, Amy llevaba sus pensamientos y sentimientos por lugares muy lejanos a los de su amigo Josh.
Como cualquier niño, o cualquier treintañero inmaduro enfermo de “peterpanismo”, el chico demostró una gran impaciencia y no pudo, no supo y no quiso acallar sus deseos más arcanos y conformarse con los paseos y el, simplemente, estar juntos en clase. De este modo, una tarde que ensayaban canciones de bandas pop en el garaje, Josh confesó su amor adulto a Amy, esperando que ésta lo entendiera, lo compartiera y lo correspondiera con la misma madurez que él había mostrado. Demasiado esperar era aquello. La chica tuvo miedo. De repente era como si estuviera con su profesor de matemáticas en vez de con su amigo. Quiso irse de allí, pero Josh no la dejó. La agarró con fuerza, la tiró al suelo y abusó de ella haciendo oídos sordos a los alaridos angustiados que la muchacha gritaba, como si fuera un objeto de su propiedad. Una vez hubo terminado y no soportando el llanto amargo y ahogado de su “amada”, la golpeó en la cabeza con una barra de uñas acabando con su vida al instante.
Siendo menor y, por lo tanto, vulnerable, un juzgado determinó que el culpable del delito fue un cantante famoso de Rock y la influencia negativa que tenía sobre los hijos inocentes de las personas decentes. Josh Culberson fue llevado a un centro de menores durante dos años donde no aprendió que su acto fue salvaje sino que jugó al beisbol. Después de aquello, nunca más volvió a la ciudad.
Boston, Massachusets.
En un callejón que salía de Summer St. Estaba el pub de Zack. Era un agujero oscuro condenado al fracaso de no ser por unos miembros de la mafia irlandesa que lo tomaron como “sede” por ofrecerles todo lo que necesitaban: soledad, discreción y la mejor Guiness de todo el estado tirada al modo del viejo Dublín.
Zack era un tipo listo. Sabía lo que tenía en su pub, que con aquella gente debería ver, oír y callar y era justamente lo que hacía. Era como un fantasma en su propia casa, pero no le importaba mientras pagaran las pintas para poder comer.
Una noche de jueves, mientras los muchachos engullían cerveza entre fanfarronadas y tocamientos a dos fulanitas que llevaron, seguramente después de haber hecho alguna visita de cortesía a algún deudor del barrio, sucedió lo que nunca antes había sucedido: se abrió la puerta y entró un cliente no habitual. Que se abriera la puerta de noche no era extraño siempre y cuando quien cruzara su umbral fuera la policía que acudiera allí a recaudar su tajada. Ese jueves no fue la pasma sino un tipo gris, pequeño y calvo. Todas las miradas se clavaron en él como cuchillos, miradas elocuentes que decían “no eres bien recibido…”. Ajeno a la tensión que creció en el local, el tipo gris se sentó en la barra, sonrió a Zack y dijo en un tono muy jovial “eh, amigos! Vaís a negar una buena Guiness a un padre de familia?”
El tendero dejó de secar vasos en el final de la barra cerca de la entrada a la cocina y sirvió una pinta de negra con su trébol dibujado en la espuma, inequívoco mensaje de “ésta y te vas” que el cliente supongo que llegó a entender.
Roony O´Driscoll, uno de los mafiosos, el más curioso de todos los presentes, preguntó al hombre su nombre. Era un pub “familiar” donde se conocía todo el mundo. El hombre gris respondió_ muy previsible…!_ “Josh Culberson”. Zack giró su cabeza y fijó su mirada en los ojos del cliente, apretó los dientes y, lentamente, cogió una escopeta de cañones recortados que guardaba bajo la barra. Anduvo por su lado de la barra hasta la altura del calvo padre de familia Josh Culberson y pegó los cañones a su frente. “Dónde naciste, Josh Culberson?”, preguntó. El hombrecillo gris y pequeño, helado de miedo, respondió balbuceando “de muy lejos de aquí señor… D… Du… Durham, señor… no me haga nada…” El tendero Zack frunció el ceño, se acomodó la escopeta al hombro para que no le hiciera daño con el retroceso y dijo muy despacio “aquí yo soy Zack, pero en realidad me llamo Michael_ más previsible aún_, Michael Smith, hermano de la difunta Amy Smith…”.
O´Driscoll, que ya tenía su automática apuntando a la nuca del tipo de la barra, exigió al barman una explicación, no porque tuviera algún tipo de problema con apretar el gatillo sin más, sino porque le gustaba saber a quién estaba matando y por qué. Zack habló sin quitar su vista de su objetivo y abreviando, violación y muerte de su hermana pequeña. La verdad es que el propietario había sido un buen anfitrión durante años, solícito y discreto, y merecía alguna atención extra por parte de los muchachos, algún favor como agradecimiento a su labor, al menos esto fue lo que pensó O´Driscoll, y si lo pensó él, también lo pensaron sus secuaces. “Déjalo chico, tú no te manches las manos… Esto es cosa nuestra que ya sabemos qué hacer…”
Josh Culberson fue pateado hasta morir. Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado y fue la justificación ideal al odio de un puñado de animales. Ninguno de ellos sabía cómo se llamaba o dónde vivía. Fue ésta la razón por la que no fue ayudado o, quizá, por todo lo contrario, por ser demasiado conocido.
Los nudillos de una mano femenina golpearon la puerta e interrumpieron el sueño convulso del muchacho. “Vamos Josh, levántate!”, gritó la voz desde el otro lado. El chico se incorporó empapado en sudor y nervioso, como si creyera que aún estaba inmerso en la pesadilla que contaminó su descanso. Una vez se ubicó, fue consciente de que aquello era una señal de que estaba llevando demasiado lejos su fijación por su amiga y compañera Amy y se estaba convirtiendo en una obsesión perjudicial que podría empujarle a hacer alguna tontería brutal tal y como la que acaba de soñar, en la que había matado a su amor después de haberla violado y años más tarde fue vengado por su hermano mayor. Josh era un chico frío y calculador, la mezcla maquiavélica de cerebro de adulto en cuerpo de niño. Es por esto que lo que más le agobiaba era el tema de la venganza, no el hecho de hacer daño a la niña, haciendo gala de uno de los rasgos más temibles de los enfermos psíquicos peligrosos en los que jamás ven dolor alguno en ninguno de sus actos pero sí en los de los demás. El niño Josh, como desequilibrado mental que era, entendía como sobredimensionada la respuesta del hermano.
Por miedo a morir, decidió que debería terminar con Amy_ estaba bastante desequilibrado, porque nunca empezó nada_ y que lo mejor para ello era desaparecer, salir de la ciudad, irse a otro lugar y empezar otra vida lejos de amenazas donde poder encontrar alguna muchacha a su mismo nivel de edad mental. También haría todo lo posible para olvidar la pesadilla, tan vívida y detallada que aún temblaba de miedo como si realmente lo hubiera llevado a cabo. Sin embargo se mantuvo sereno y supo que no debía hacer una montaña de aquello, que, después de todo, tan sólo había sido un sueño, un espejismo en su cabeza, aunque hay quién dice que los actos que uno ejecuta en un sueño son actos que también ejecutaría en la realidad, es decir, que la personalidad es la misma tanto dormido como despierto, de ahí viene el dicho “es malo hasta durmiendo…”. De cualquier manera, con la capacidad de hacerlo en la realidad o no, el sueño era algo que solamente él sabía que había tenido lugar y que, por lo tanto, nadie en su casa o en su escuela podrían jamás sospechar absolutamente nada de las cosas que ocupaban su mente. Así, esa misma mañana iría a clase como cualquier otro día y el resto de alumnos, incluida Amy, le mirarían y se comportarían con él con total normalidad. El resto de días hasta que pudiera salir de la cuidad a otra escuela interno y convenciera a sus padres, él también se comportaría con naturalidad, como el chico de doce años que era.
Josh Culberson salió de su casa y fue, como siempre, caminando a la escuela; en el trayecto se encontró con Paul Honey y con Kate Gilly, como siempre, con quienes compartió viaje; llegó a la puerta y, como siempre, esperó la llegada de su amada Amy; cuando llegó la chica, Josh la saludó y la acompañó a la taquilla y a clase, como siempre; antes de ocupar él su pupitre, fue al lavabo a refrescarse y, como siempre, quitarse la excitación que le producía la cercanía de la joven Amy; como siempre, esperaría allí a que comenzaran las clases y poder salir al pasillo vacío lejos de miradas curiosas y posteriores comentarios; como nunca, en el pasillo le esperaban seis muchachos de algún curso superior encabezados por Michael Smith.
A empujones le metieron de nuevo en el lavabo y le acorralaron en una de las esquinas del fondo, lo más alejado posible de la puerta de acceso que permanecía vigilada por una de los mayores. El cabecilla agarró al niño Josh por la pechera y le levantó un pie del suelo. Pegó su frente a la del muchacho y mirándole fijamente a los ojos le dijo “he tenido un sueño… En él, tú hacías algo de escalofrío. Ahora adelantaré acontecimientos y me aseguraré de que ese sueño no se cumpla…”.
Josh Culberson fue pateado hasta morir. Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado y fue la justificación ideal al odio de un puñado de animales. Ninguno de ellos sabía cómo se llamaba o dónde vivía. Fue ésta la razón por la que no fue ayudado o, quizá, por todo lo contrario, por ser demasiado conocido.